domingo, 25 de marzo de 2012

EL SINDROME DEL PERFECCIONISTA


 

“¿Sabes pensar?” (Ediciones Almuzara. Córdoba. 2006), uno de los libros del Dr. Alvarez Romero. Lo transcribo a continuación:



¿Cómo piensa un Anancástico?

Entre los distintos tipos de personalidad hay uno al que cuesta especialmente lograr la actitud de autoperdonarse. Es el que corresponde a la llamada Personalidad Anancástica muy emparentada con el espectro psicopatológico obsesivo. Más adelante la desarrollaremos pues merece la pena, dada la frecuencia de su presentación y los dolorosos desajustes sociofamiliares que ocasiona.
Aunque pretendemos publicar un texto exclusivo sobre la Personalidad Perfeccionista o Anancástica vayan por delante sus rasgos más característicos:
  1. Perfeccionismo y minuciosidad.
  2. Hiperresponsabilidad.
  3. Tendencia al control y la previsión.
  4. Sentido exacerbado de la justicia.
  5. Hiperexigencia consigo y con los demás.
  6. Exagerada atención al qué dirán o pensarán los demás respecto a sí.
  7. Radicalidad, casi todo es blanco o negro, hay pocos grises en la vida.
  8. Anticipación ideativa con tendencia a la negatividad.
  9. Fácil frustración, vivenciando antes lo que falta por hacer que lo ya hecho.
  10. Etc. Etc.
Pensando en quienes la padecen y con la pretensión de vacunar respecto a las previsibles complicaciones –la ansiedad, la depresión y el desvalimiento –hace unos años escribí un texto en base a unas ideas del libro El Síndrome de Peter Pan de A. Polaino (B-14) que suelo facilitar, en la consulta, a mis pacientes. Lo titulo Conocimiento propio y perdón y resumido viene a decir:
  1. Es propio del hombre (y de la mujer), ser contingente y cometer errores. Es algo que olvidamos con frecuencia y que nos pasa una elevada factura. Es bueno recordar de continuo la necesidad de pedir perdón, esperarlo, aceptarlo y agradecerlo, y quizá más necesario aún es el saber pedirnos perdón y perdonarnos. Con la fortaleza y la confianza que proporciona el perdón del propio yo se alcanzan las energías necesarias con las que acometer la próxima batalla que, sin duda alguna, antes o después acontecerá. Y en ella no plantearemos una pelea cuerpo a cuerpo entre el yo y la realidad o entre la persona y sus tendencias o condicionamientos. Más bien se tratará de buscar alianzas con el Otro y los otros para conseguir una fortaleza que, siendo necesaria, no poseemos por nosotros mismos.
  2. Hay que aprender a actuar serenamente con independencia de los resultados que se obtengan. Más deben importar el esfuerzo y la constancia que pongamos por intentar hacer de sí la mejor persona posible que el logro de unos objetivos concretos.
  3. Hemos de ser conscientes de las propias limitaciones y capacidades y aspirar al conocimiento propio con la natural desconfianza, pero sin recelos ni despechos.
  4. Al considerar los propios errores conviene hacerlo en un contexto amplio, sin amordazarlos ni tampoco magnificarlos. Hemos de vivir sin miedo a los posibles errores que pudiéramos cometer en un futuro. Prudentes, pero no timoratos.
  5. Gran cosa es el conocer la propia indignidad con la paciencia necesaria, sabiendo que de nada sirve lamentarse, juzgarse o tratarse con dureza. No cabe enfurecerse o encolerizarse porque aquello que se había soñado lograr o vencer ha resultado ser una nueva derrota o sencillamente porque se comprueba una vez más que uno tiene errores.
  6. Gran virtud es la comprensión, la tolerancia y el saber ser indulgente consigo mismo y con los demás. Dejar que emerja, en ocasiones, una cierta compasión respecto de sí no es mala cosa. No es bueno lamentarse, descalificarse, y menos aún con radicalidad y por completo. Independientemente de lo hecho, cada persona, incluido uno mismo, es más digna de amor que de desprecio porque además de lo mucho que tiene de positivo, es única, irrepetible, incognoscible, inabarcable e impredecible. En este nuevo horizonte veritativo, es donde emerge la serenidad de espíritu que tolera todo siendo indulgente consigo mismo y con los demás, sin por ello dejar de reconocer o disfrazar los errores propios o ajenos. Es decir, esto es estar en verdad, situación que, en palabras de la mística castellana no es otra cosa que lo que se conoce con el término de humildad.
  7. Comprenderse a sí mismo, incluso en lo que respecta a los propios errores, forzosamente ha de contribuir a adquirir una gran lucidez en relación con las debilidades ajenas, a ser prudentes a la hora de juzgar a los otros, a entretejer el juicio que vaya a hacerse de ellos con los hilos –sutiles pero vigorosos- de la ternura y la prudencia (B-50).
  8. La conducción del propio yo: constituye una empresa dialógica, dinámica e innovadora. En ella se concitan y conviven, al mismo tiempo, el peso del destino y la conciencia del esfuerzo, la confianza y la desconfianza, la dignidad y la humildad, la Autoestima y desestimación, la lucidez acerca del yo y la opacidad de lo misterioso, la seducción y el rechazo, el sobrevalorarse y el infravalorarse, el amor por el hombre y su desdén, el sobrestimarnos cuando nos infravaloran y el infravalorarnos cuando nos sobrestiman. Y en esta dinámica vital, todos aquellos elementos que parecían ser irreconciliables con el propio yo, acaban por serlo y se alcanza el equilibrio y la homeostasis. En esa dinámica vital, los valores se convierten en virtudes, en hábitos de comportamiento, en un nuevo estilo vital que optimiza nuestro primitivo talante, ese que ahora queda atrás, ignorante, precario y quizá “patoso” para la vida.
  9. Y en esa alegre y positiva dinámica, no cabe instalación sino crecimiento en sabiduría, en conocimiento propio y en apertura a la trascendencia que es propia de la naturaleza humana.
  10. Sea este decálogo profiláctico y curativo del Anancasticismo aunque, con frecuencia, requiere la actuación del profesional de Salud Mental experto y competente que administre la medicación oportuna antiobsesiva y equilibradora junto a la psicoterapia que aporta las actitudes habituales saludables en las respuestas del paciente.
  11. ¡Cuánto mejora la calidad de vida y la salud de un Anancástico bien atendido! Y corregido o “reconvertido” como suelo decirles en la consulta.

miércoles, 21 de marzo de 2012

ES IMPORTANTE QUE LOS NIÑOS JUEGUEN


El juego es una necesidad. Jugar es necesario, tanto para el niño como para el adulto, aunque para cada uno tiene un significado diferente. En el adulto el juego implica distracción, entretenimiento, descanso, alivio y distensión; un tomar distancia de sus preocupaciones y ocupaciones; un "perder el tiempo" de sus obligaciones de adulto para "ganarlo" en placer en tanto que es persona. 

Para el niño, en cambio, el juego es una función básica, un comportamiento totalizador que compromete sus percepciones, su sensibilidad, su motricidad, su inteligencia, su afectividad y su comunicación; no es un simple pasatiempo ni una distracción pasajera; mucho menos aún, una "pérdida de tiempo porque si"...como muchas veces creen y manifiestan los padres.

Al niño le hace falta jugar, solo o con otros, con o sin juguetes... pero JUGAR. Para el, el juego tiene una doble función: por un lado de aprendizaje y, por otro, terapéutica. Mediante el juego el niño aprende a conocer el mundo de los objetos, a sí mismo y a los demás. Al principio es individualista y, más tarde, se transforma en aprendizaje de la convivencia y la sociabilidad, preparándolo para la vida en comunidad. A través del juego el niño se pone a prueba a sí mismo, a sus facultades y capacidades en desarrollo, ejercitándose permanentemente en el riesgo implícito de nuevas experiencias. Es en el juego donde el niño se siente omnipotente, ya que por medio de él puede conquistar su autonomía, construyendo un mundo del que es el soberano.

Por medio del juego el niño expresa sus necesidades y deseos; revela quejas, temores y estados de ánimo que no puede comunicar a los demás directamente; descarga ansiedades y tensiones que no le resultan posibles de exteriorizar de otro modo; maneja y controla situaciones negativas y dolorosas que ha sufrido en silencio y sin poder defenderse, transformándose en sujeto activo de hechos que ha vivido pasivamente; metaboliza acontecimientos cotidianos difíciles de aceptar y asimilar; y elabora situaciones y experiencias traumáticas.

El niño necesita jugar para aprender. Pero así como aprende jugando, también tiene que aprender a jugar... Y es el adulto quien debe hacérselo posible.

Si bien existen juguetes específicos para las distintas edades, el niño puede jugar con cualquiera de ellos o con cualquier objeto que tenga a su alcance, claro esté, siempre que no signifiquen un peligro para él. Lo que importa aquí es que el adulto no "dirija" su juego, "obligándolo" a jugar de tal o cual modo, según "corresponda" por lo que tenga en las manos. Si el adulto a cargo va a condicionar el juego del niño, por ejemplo, al cuidado del juguete que le entrega para usar (por ser delicado, rompible, valioso, costoso, etc.), es preferible que le dé otra cosa para jugar. El niño (sobre todo el pequeño) necesita tocar y manipular los objetos para descubrir por sí mismo cómo son, qué puede hacer con ellos y para qué pueden servirle. Si el adulto que esté con él, por ejemplo, le muestra y mueve graciosamente algo ante sus ojos, lo primero que el niño va a hacer es estirar su mano y pretender tomarlo. Suele suceder que ese objeto mostrado era sólo "para ser mirado" y el adulto se lo niega con un "no" rotundo pero, al mismo tiempo, sonríe ampliamente y le dice -"mira...mira"- , "enseñándole" de este modo un comportamiento contradictorio mientras le impide su propia experiencia de aprendizaje. Entregar el juguete adecuado para que el niño lo utilice de acuerdo a sus necesidades y sin exigirle limitaciones erróneas es responsabilidad exclusiva del adulto. No es lo mismo reprender a un niño de 2 años porque rompió una pista de autos a control remoto, que a uno de 12 porque destroza un autito de colección. No tiene igual significado el hecho de que a los 2 años un niño demuela de un manotazo la torre de cubos que acaba de construir, que q a los 12 destruya a patadas lo que termina de armar.

Es importante considerar el error que muchas veces cometen los padres cuando "fuerzan" al hijo a compartir juegos y juguetes en un tiempo en el que aún no está preparado para el juego social. Antes de los 3 años el niño disfruta jugando solo, o en compañía de alguien, pero sin compartir, y es preciso que no se lo "obligue" a hacerlo.

Imprescindible resulta también el hecho de que el niño, desde muy pequeño, aprenda tanto a ganar como a perder en el juego, preparándose para trasladar y aplicar este aprendizaje a la vida cotidiana. Es muy común que el adulto, amparado en expresiones tales como -"pobrecito, es tan chiquito...cómo lo voy a hacer perder?..."- engañe al niño haciéndole creer que es capaz y puede ganar siempre, alimentándole de ese modo una falsa omnipotencia que finalmente le traer incalculables trastornos en su vida individual y social cada vez que le toque perder, realmente.

No caben dudas de que el juego es una actividad básica y primordial para el desarrollo del niño; por tanto, las actitudes y comportamientos de los padres y demás familiares ante el juego, los juguetes y el jugar del niño imprimirán huellas imborrables en su personalidad en formación. Por esto, en todo momento y ante cualquier circunstancia, es NECESARIO recordar y tener presente que la salud física, mental y emocional de todo niño depende del marco dentro del cual los padres le permitan crecer.
Ma. Alejandra Canavesio.
Psicologa