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miércoles, 5 de octubre de 2016

¿POR QUÈ SOMOS INFIELES?

Escrito por Walter Riso


En el fenómeno de la infidelidad intervienen un sinnúmero de variables, cuyo peso dependerá de la historia personal, el compromiso asumido en la relación, la intensidad del amor, las estrategias de resolución de problemas que utilicen, la comunicación, los rasgos de personalidad, la seguridad de uno mismo, en fin, los posibilidades son muchas y ninguna excluye las otras.
No obstante y pese a la complejidad del tema,  si retomamos las investigaciones científicas y la experiencia clínica, podríamos agrupar las causas de la infidelidad, al menos en ocho categorías. 

  • 1. La primera tiene que ver con un efecto paradójico que no siempre se detecta a tiempo: creer que el amor nos hace inmunes. Esta sobrevaloración del amor, muy a pesar nuestro, nos hace bajar la guardia porque creemos que el sentimiento amoroso nos protege de las tentaciones. Nada más peligroso. Como ya he dicho antes, la fidelidad no es producto de la bioquímica, sino que depende de una decisión y un alerta permanente.

  • 2. La segunda se refiere al intento irracional de buscar el amor perfecto, un amor que  no genere dudas: la mujer diez o el hombre diez. Este perfeccionismo afectivo genera dos consecuencias negativas: a) saltar de una relación a otra, porque siempre es posible encontrar a alguien que supere en algún punto a la pareja y, b) ser totalmente intolerante ante los defectos o los errores de  la persona supuestamente amada. A los individuos perfeccionistas en el amor, una fuerza irracional los empuja a buscar “algo mejor” y a rechazar la “defectuosa relación” que sostienen. En este contexto casi delirante y de insatisfacción constante, la infidelidad es solo cuestión de tiempo. La búsqueda es por definición, interminable y dolorosa.

  • 3. La tercera causa se genera por la venganza o por el “ojo por ojo”. Lo que se busca es una “indemnización” para corazón y que repare orgullo herido. Pagar con la misma moneda: “si me eres infiel yo también seré”, “si me haces sufrir, yo haré lo mismo contigo”. La táctica no deja de ser contradictoria. A la hora de la verdad torturar al torturado me convierte en lo mismo que quiero eliminar: resarcir el despecho, despechando o reivindicar la dignidad, humillando, pues termina convirtiéndome en lo mismo que estoy criticando.

  • 4. La cuarta causa hace referencia a las variables de personalidad (genéticas o aprendidas) que definen al infiel serial o crónico. Hay personas que no pueden vivir sin ser infieles, más allá de los riesgos y así sean descubiertos. Esta forma de “adicción al engaño” no tiene arreglo y cuando alguien cae en las redes de semejante individuo, llevara cuernos por el resto de su vida, por más que el otro prometa o vaya a terapia. No importa el género, sean hombre o mujeres, todo hace pensar que en algunas personas existe una tendencia biológica o psicológica exacerbada a engañar a sus parejas.

  • 5. La quinta causa se desprende de la insatisfacción con la pareja. Un número considerable de personas que se sienten afectiva y sexualmente poco gratificados, tratan de “equilibrar” el déficit con una tercera persona que le ofrezca lo que no tiene en casa. Estos “infieles compensatorios” dicen haberlo intentado todo y que no les queda otro camino.

  • 6. La sexta causa es la baja autoestima y una necesidad patológica de ser amado o amada a cualquier precio. Esta “necesidad” de amor es muy peligrosa para la salud mental, porque la cultura no alerta contra ella, como cualquier otra dependencia, sino que la exacerba. Resolver este vacío afectivo mediante relaciones furtivas conlleva por lo general a una conducta promiscua y poco digna.

  • 7. La séptima causa se refiere a los viejos amores inconclusos, los que aparentemente terminaron antes de tiempo o no pudieron completarse afectiva o sexualmente. Un reencuentro con la persona que quedo “entre paréntesis” es acercarse peligrosamente a la hoguera. El refrán dice: “donde hubo fuego, ceniza quedan”, pero de acuerdo a mi experiencia profesional, muchas de estas aproximaciones en realidad  funcionan como el ave fénix y lo que parecía acabado u olvidado, simplemente renace entre las cenizas.

  • 8. La octava y última causa se vincula a ciertas características de los ciclos vitales. Hay acuerdos en que a determinadas edades se dispara cierta vulnerabilidad a los enredos afectivos y/o sexuales. Alguna persona comienza a sentir que la vida pasa rápido y que deben aprovecharla haciendo cosas que antes no fueron capaces de hacer por mojigaterías o miedo.
Es importante señalar que las causas presentadas no son incompatibles entre sí y a veces suelen coexistir al mismo tiempo, lo cual hace que la infidelidad sea más difícil de erradicar y controlar.
 
Artículo original en: http://www.vivaorganicstore.com/blogs/relaciones/881-ipor-que-somos-infieles-ocho-causa-principales.html

martes, 5 de junio de 2012

"Ten el Valor de equivocarte" Hegel

Tomado del libro Enamórate de ti escrito por WALTER RISO   

La mayoría de nosotros anda con un garrote invisible y especialmente doloroso con el que nos golpeamos cada vez que equivocamos el rumbo o no alcanzamos las metas personales. Los que no se quieren a sí mismos han aprendido a echarse la culpa por casi todo lo que hacen mal y a dudar del propio esfuerzo cuando hacen las cosas bien, como si tuvieran los cables cruzados. Si fracasan, dicen: “Dependió de mí”, y si logran ser exitosos en alguna cuestión, afirman: “Fue pura suerte”. Hay una subcultura del autosabotaje que ejerce sus influencias negativas y nos lleva a hacernos responsables más de lo malo que de lo bueno. No hay que ser tan duro con uno mismo.

El autoconcepto se refiere a lo que piensas de ti, al concepto que tienes de tu persona, así como podrías tenerlo de alguien más, y, como es lógico, tal concepción se verá reflejada en la manera en que te tratas a ti mismo: qué te dices, qué te exiges y cómo lo haces.
Puedes autorreforzarte y mimarte, o insultarte y no ver nada bueno en tu comportamiento, o también puedes ponerte metas inalcanzables y lacerarte luego por no alcanzarlas, como lo hace mucha gente, así parezca lo más irracional del mundo. Somos victimas de nuestras propias decisiones: cada quien elige amarse a sí mismo o no, aunque no siempre somos conscientes del daño que nos hacemos. Además de sobrevivir al medio y a la lucha diaria, también hay que aprender a sobrevivir a uno mismo: el enemigo no siempre está afuera.

LA MALA AUTOCRÍTICA.
La autocrítica es conveniente y productiva si se hace con cuidado y con el objetivo de aprender y crecer. A corto plazo puede servir para generar nuevas conductas y enmendar los errores, pero si se utiliza indiscriminada y cruelmente, genera estrés y afecta de manera negativa el autoconcepto. Si la usas inadecuadamente, terminarás pensando mal de ti mismo, hagas lo que hagas. He conocido gente que “no se cae bien a sí misma”, no se acepta y se rechaza de manera visceral (“Me gustaría ser más alto, más inteligente, más sensual, más eficiente…”, y la lista puede ser interminable). Se comparan todo el tiempo con quienes son mejores o los superan en algún sentido. Los escucharás decir con frecuencia: “No me aguato a mí mismo!” o “Soy un desastre!”. La expresión: “Más vale solo que mal acompañado” la remplazan por: “Más vale mal acompañado que solo”.


El mal hábito de estar haciendo permanentes revisiones interiores, duras y crudas, incrementa la insatisfacción con uno mismo y los sentimientos de inseguridad. Nadie aprende con métodos basados en la punición o el castigo. Me viene a la memoria un paciente que no hacía más que autocastigarse. Se insultaba una cincuenta veces al día en voz baja, se prohibía la mayoría de los disfrutes, como si fuera un faquir, y tenía tantas reglas y requisitos para vivir que le era imposible sentirse bien. Estaba tan limitado y confundido que ya no sabía en verdad quién era. El decía que se sentía como una fotocopia de sí mismo. Y no es exageración: a muchas personas les ocurre que cuando se pierden en los “debería” y las obligaciones autoimpuestas, ya no recuerdan como eran en realidad. Las máscaras psicológicas no solo agotan sino que te despersonalizan. El hombre, que apenas tenía treinta y cinco años, era incapaz de tomar decisiones por sí mismo y pedía permiso hasta para respirar. Mi paciente había crecido con la idea de que si no seguía estrictamente las pautas con las que lo habían educado, dejaría de ser una buena persona. Demasiada carga para cualquiera, y por eso cabe la pregunta: ¿Cómo hizo para sobrevivir a semejante asfixia normativa? Para sobrevivir a la represión autoimpuesta, desarrolló tres métodos: autocontrol excesivo, autobservación obsesiva y autocrítica despiadada. Tres garrotes mortales. Castigarse a sí mismo lo hacía sentir bueno, correcto y “salvado”. Cuando pidió ayuda profesional e hizo su propia revolución “Psicológico-moral”, llegó a la sana conclusión de que merecía maltratarse. Empezó a permitirse algunos deslices simpáticos como, por ejemplo, comerse un helado triple con chocolate y crema batida sin pensar en la gula, vestirse bien sin sentirse vanidoso o culpable, y mirar a una chica por la calle sin sentirse especialmente lujurioso.

El castigo sistemático, en cualquiera de sus formas, lo único que te enseñará es a huir de los depredadores y castigadores de turno; huir, y nada más. No resolverás el problema de fondo, no lo enfrentarás. Pero cuando hablamos de autocastigo el problema es que el verdugo seas tú mismo, y entonces lo llevarás a cuestas como una desventura: defenderte será como escapar de tu propia sombra. Infinidad de personas poseen un sistema de autoevaluación que las hacen sufrir día y noche, momento a momento e, inexplicablemente, sentirse orgullosas del martirio que se propician a sí mismas.


LA AUTORROTULACIÓN: ¿“SOY” O “ME COMPORTÉ”?
Una variación de la autocrítica dañina es la autorrotulación negativa: colgarse carteles que no hablan bien de uno mismo o dejar (y aceptar) que te los cuelguen los otros para ubicarte en alguna categoría que te hace daño. Las clasificaciones sociales (estereotipos) tienden a referirse a los demás en términos globales y no específicos, sin tener en cuenta las excepciones o los atenuantes. Lo mismo pasa cuando te rotulas negativamente a ti mismo: confundirás la parte con el todo. En vez de decir: “Me comporté torpemente”, dirás: “Soy torpe”. O: “Soy un inútil”, en vez de decir: “Me equivoqué en esto o aquello”. No es lo mismo afirmar: “Estoy comiendo mal”, que: “Soy un cerdo”. El ataque a mansalva y tajante al propio “yo”, a lo que eres, crea desajustes y alteraciones de todo tipo. Por el contrario, la autocrítica constructiva es puntual y nunca toca el fondo del ser como totalidad. Si le dijeras a la persona que amas: “¡Te equivocaste, eres un(a) idiota”, ¿Cómo se sentiría él(ella)? ¿Cómo reaccionaría? Le harías daño, ¿verdad? Pues de igual manera, atacar tu valoración personal, golpear tu valía, te afecta psicológicamente mucho más de lo que piensas.
LA AUTOEXIGENCIA DESPIADADA. Otras personas muestran la tendencia a utilizar estándares internos inalcanzables para evaluarse a sí mismos. Es decir: metas y criterios desproporcionados sobre hacia dónde debe dirigirse el comportamiento. Si la autoexigencia es racional y bien calculada, te ayuda a progresar psicológicamente, pero si no se calibra bien, puede afectar seriamente la salud mental. Los dos extremos son malos. Nadie niega que en ocasiones necesitamos una autoexigencia moderada o elevada para ser competentes; no obstante, el desajuste se produce cuando estos niveles de exigencia se hacen imposible de alcanzar. Por ejemplo: la idea de que debo destacarme en casi todo lo que hago, que debo ser el mejor a toda costa y que no debo equivocarme, son imperativos que llegan a convertirse en un verdadero martirio. Si ubicas la felicidad o la autorrealización exclusivamente en la obtención de resultados, muy pronto descubrirás la paradoja de que para “sentirse bien” deberás “sentirte mal”.
El bienestar dependerá de tantas cosas ajenas a tu persona, que te será imposible hacerte cargo de tus logros personales. La poeta Margaret Lee Runbeck dijo alguna vez: “La felicidad no es una estación a la cual hay que llegar, sino una manera de viajar”. Esa es la salud mental: viajar bien.
Aquellos que se obsesionan con el éxito y lo convierten en un valor, y además manejan esquemas rígidos de ejecución, viajan mal aunque quieran aparentar lo contrario. Quizás la felicidad no esté en ser el mejor vendedor, la mejor mamá, el mejor hijo o descollar en cualquier cosa, sino simplemente en intentarlo de manera honesta y tranquila, disfrutando mientras se lleva a cabo, en quedarse con el paisaje, mientras vas hacia dónde quieras ir. ¿Nunca has hecho un viaje con alguien que pregunta todo el tiempo “cuánto falta para llegar”, mientras ignora las cosas más bellas que pasan por su lado?

La concentración en el proceso es determinante para obtener un buen producto. Esta aparente contradicción (la de despreocuparse del resultado para alcanzarlo) no es tal y queda bien escenificada en la enseñanza zen sobre el arco y la flecha. Si el arquero se concentra en sus movimientos, en la respiración, en el equilibrio, sin estar pendiente de acertar, dará en el blanco con solo apuntar. Pero si dar en el centro y obtener el máximo puntaje se convierte en una cuestión determinante (obsesiva), la ansiedad bloqueará la fluidez de sus acciones y fracasará en el intento. Si posees criterios estrictos para autoevaluarte, siempre tendrás la sensación de insuficiencia, de no dar en el blanco. Tu organismo comenzará a segregar más adrenalina de lo normal y la tensión mental y física interferirá con el buen rendimiento para alcanzar las metas: entrarás al círculo vicioso de los que aspiran cada día más y tienen cada día menos.


TODO O NADA.
Los individuos muy autoexigentes utilizan un estilo dicotómico en la manera de procesar la información. Para ellos, la vida es blanco y negro, sin tener en cuanta matices: “Soy exitoso o soy fracasado”, “Soy capaz o incapaz”, “Soy inteligente o bruto”. Esta forma de pensar es errónea, porque no hay nada absoluto ni rigurosamente extremo. Si miramos el mundo de esta forma dejaremos de percibir los grises y los puntos medios. Cuando aplicas este estilo binario a la existencia, tu vocabulario se reducirá a palabras como: nunca, siempre, todo o nada. Chocarás con una realidad muy distinta a lo que te imaginabas.

La incapacidad de considerar caminos intermedios y el miedo a perder o a no alcanzar tus objetivos harán que ignores las aproximaciones a las metas personales. Para las personas que se mueven por el “
todo o nada”, los acercamientos no se ven ni se sienten o simplemente pasan inadvertidos. Dirán: “Estoy o no estoy en la meta”: verás el árbol, ero no el bosque.

CAMBIO Y REVISION.
Cambiar no es tarea fácil. No solo porque implica esfuerzo personal, sino por los costos sociales. Si alguien, valientemente, toma la difícil decisión de “viajar bien” y salirse de los patrones preestablecidos, la presión social será inexorable, en especial cuando las metas del individuo no son coincidentes con los valores del grupo de referencia. Cuando cambiamos la ruta convencional por una más atrevida y ensayamos caminos nuevos, la gente rígida y pegada a las normas nos rotulará como “inmaduros” o “inestables”, como si “no cambiar de rumbo” fuera sinónimo de inteligencia. Una rápida mirada a las personas que han jugado un papel importante en la historia de la humanidad muestra que la existencia de cierta “inestabilidad” e insatisfacción con las condiciones de vida reinantes son condiciones imprescindibles para vivir intensamente. La conformidad radical o el aplomo absoluto son baluartes que no mueven el mundo. No temas revisar, cambiar o modificar tus metas, si ellas son fuente de sufrimiento ¿De qué otro modo podrías acercarte a la felicidad?

SALVANDO EL AUTOCONCEPTO.
Veamos una guía que puede servirte para salvaguardar tu autoconcepto del autocastigo, la autocrítica y la autoexigencia indiscriminada.

1.    Trata de ser más flexible contigo y con los demás.
Estos indicadores pueden servirte a manera de resumen:
a)    Trata de no ser perfeccionista. Desorganiza un poco a ver qué pasa. Descubrirás que todo sigue más o menos igual.
b)    No rotules ni te autorrotules. 
c)    Concéntrate en los matices. Piensa más en las alternativas y en las excepciones a la regla.
d)    Escucha a las personas que piensan distinto a ti.
Recuerda: si eres inflexible y rígido con el mundo y las personas, terminarás siéndolo contigo mismo.

2.    Revisa tus metas y las posibilidades reales de alcanzarlas.
Si te descubres intentando subir algún monte Everest y te estás angustiando, tienes dos opciones racionales: cambias de montaña o disfrutas el paseo.

3.    No observes en ti solo lo malo.
“Si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas”.

4.    No pienses mal de ti.
Afortunadamente no eres perfecto ni tan horrible, aunque te empeñes en serlo. El costo de crecer como ser humano es equivocarse y “meter la pata”: concierne a una ley universal inescapable.

5.    Quiérete la mayor cantidad de tiempo posible.


6.    Trata de acercar tu “yo ideal” a tu “yo real”.
Si has idealizado demasiado lo que deberías ser, lo que eres te producirá fastidio.

7.    Aprende a perder.
Existe una resignación sana cuando los hechos te embisten y puedes verlos objetivamente: persistir testarudamente en una meta suele convertirse en un problema. A veces hay que despertar de los sueños, porque no se harán realidad, y esto no te hace ni mejor ni peor, sino más realista y aterrizado.

Eres una máquina especial dentro del universo conocido, no te maltrates ni te insultes. Para ser exitoso no necesitas del autocastigo.