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Tomado del libro Enamórate de ti escrito por WALTER RISO
La
mayoría de nosotros anda con un garrote invisible y especialmente
doloroso con el que nos golpeamos cada vez que equivocamos el rumbo o no
alcanzamos las metas personales. Los que no se quieren a sí mismos han
aprendido a echarse la culpa por casi todo lo que hacen mal y a dudar
del propio esfuerzo cuando hacen las cosas bien, como si tuvieran los
cables cruzados. Si fracasan, dicen: “Dependió de mí”, y si logran ser exitosos en alguna cuestión, afirman: “Fue pura suerte”.
Hay una subcultura del autosabotaje que ejerce sus influencias
negativas y nos lleva a hacernos responsables más de lo malo que de lo
bueno. No hay que ser tan duro con uno mismo.
El autoconcepto se refiere a lo que piensas de ti, al concepto que
tienes de tu persona, así como podrías tenerlo de alguien más, y, como
es lógico, tal concepción se verá reflejada en la manera en que te
tratas a ti mismo: qué te dices, qué te exiges y cómo lo haces.
Puedes autorreforzarte y
mimarte, o insultarte y no ver nada bueno en tu comportamiento, o
también puedes ponerte metas inalcanzables y lacerarte luego por no
alcanzarlas, como lo hace mucha gente, así parezca lo más irracional del
mundo. Somos victimas de nuestras propias decisiones: cada quien elige
amarse a sí mismo o no, aunque no siempre somos conscientes del daño que
nos hacemos. Además de sobrevivir al medio y a la lucha diaria, también
hay que aprender a sobrevivir a uno mismo: el enemigo no siempre está
afuera.
LA MALA AUTOCRÍTICA.
La autocrítica es conveniente y
productiva si se hace con cuidado y con el objetivo de aprender y
crecer. A corto plazo puede servir para generar nuevas conductas y
enmendar los errores, pero si se utiliza indiscriminada y cruelmente,
genera estrés y afecta de manera negativa el autoconcepto. Si la usas
inadecuadamente, terminarás pensando mal de ti mismo, hagas lo que
hagas. He conocido gente que “no se cae bien a sí misma”, no se acepta y
se rechaza de manera visceral (“Me gustaría ser más alto, más inteligente, más sensual, más eficiente…”,
y la lista puede ser interminable). Se comparan todo el tiempo con
quienes son mejores o los superan en algún sentido. Los escucharás decir
con frecuencia: “No me aguato a mí mismo!” o “Soy un desastre!”. La expresión: “Más vale solo que mal acompañado” la remplazan por: “Más vale mal acompañado que solo”.
El mal hábito de estar haciendo permanentes revisiones interiores, duras
y crudas, incrementa la insatisfacción con uno mismo y los sentimientos
de inseguridad. Nadie aprende con métodos basados en la punición o el
castigo. Me viene a la memoria un paciente que no hacía más que
autocastigarse. Se insultaba una cincuenta veces al día en voz baja, se
prohibía la mayoría de los disfrutes, como si fuera un faquir, y tenía
tantas reglas y requisitos para vivir que le era imposible sentirse
bien. Estaba tan limitado y confundido que ya no sabía en verdad quién
era. El decía que se sentía como una fotocopia de sí mismo. Y no es
exageración: a muchas personas les ocurre que cuando se pierden en los “debería”
y las obligaciones autoimpuestas, ya no recuerdan como eran en
realidad. Las máscaras psicológicas no solo agotan sino que te
despersonalizan. El hombre, que apenas tenía treinta y cinco años, era
incapaz de tomar decisiones por sí mismo y pedía permiso hasta para
respirar. Mi paciente había crecido con la idea de que si no seguía
estrictamente las pautas con las que lo habían educado, dejaría de ser
una buena persona. Demasiada carga para cualquiera, y por eso cabe la
pregunta: ¿Cómo hizo para sobrevivir a semejante asfixia normativa? Para
sobrevivir a la represión autoimpuesta, desarrolló tres métodos:
autocontrol excesivo, autobservación obsesiva y autocrítica despiadada.
Tres garrotes mortales. Castigarse a sí mismo lo hacía sentir bueno,
correcto y “salvado”. Cuando pidió ayuda profesional e hizo su propia revolución “Psicológico-moral”,
llegó a la sana conclusión de que merecía maltratarse. Empezó a
permitirse algunos deslices simpáticos como, por ejemplo, comerse un
helado triple con chocolate y crema batida sin pensar en la gula,
vestirse bien sin sentirse vanidoso o culpable, y mirar a una chica por
la calle sin sentirse especialmente lujurioso.
El castigo sistemático, en cualquiera de sus formas, lo único que te
enseñará es a huir de los depredadores y castigadores de turno; huir, y
nada más. No resolverás el problema de fondo, no lo enfrentarás. Pero
cuando hablamos de autocastigo el problema es que el verdugo seas tú
mismo, y entonces lo llevarás a cuestas como una desventura: defenderte
será como escapar de tu propia sombra. Infinidad de personas poseen un
sistema de autoevaluación que las hacen sufrir día y noche, momento a
momento e, inexplicablemente, sentirse orgullosas del martirio que se
propician a sí mismas.
LA AUTORROTULACIÓN: ¿“SOY” O “ME COMPORTÉ”?
Una
variación de la autocrítica dañina es la autorrotulación negativa:
colgarse carteles que no hablan bien de uno mismo o dejar (y aceptar)
que te los cuelguen los otros para ubicarte en alguna categoría que te
hace daño. Las clasificaciones sociales (estereotipos) tienden a
referirse a los demás en términos globales y no específicos, sin tener
en cuenta las excepciones o los atenuantes. Lo mismo pasa cuando te
rotulas negativamente a ti mismo: confundirás la parte con el todo. En
vez de decir: “Me comporté torpemente”, dirás: “Soy torpe”. O: “Soy un inútil”, en vez de decir: “Me equivoqué en esto o aquello”. No es lo mismo afirmar: “Estoy comiendo mal”, que: “Soy un cerdo”. El ataque a mansalva y tajante al propio “yo”,
a lo que eres, crea desajustes y alteraciones de todo tipo. Por el
contrario, la autocrítica constructiva es puntual y nunca toca el fondo
del ser como totalidad. Si le dijeras a la persona que amas: “¡Te equivocaste, eres un(a) idiota”,
¿Cómo se sentiría él(ella)? ¿Cómo reaccionaría? Le harías daño,
¿verdad? Pues de igual manera, atacar tu valoración personal, golpear tu
valía, te afecta psicológicamente mucho más de lo que piensas.
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LA AUTOEXIGENCIA DESPIADADA. Otras personas muestran la tendencia a utilizar estándares internos
inalcanzables para evaluarse a sí mismos. Es decir: metas y criterios
desproporcionados sobre hacia dónde debe dirigirse el comportamiento. Si
la autoexigencia es racional y bien calculada, te ayuda a progresar
psicológicamente, pero si no se calibra bien, puede afectar seriamente
la salud mental. Los dos extremos son malos. Nadie niega que en
ocasiones necesitamos una autoexigencia moderada o elevada para ser
competentes; no obstante, el desajuste se produce cuando estos niveles
de exigencia se hacen imposible de alcanzar. Por ejemplo: la idea de que
debo destacarme en casi todo lo que hago, que debo ser el mejor a toda
costa y que no debo equivocarme, son imperativos que llegan a
convertirse en un verdadero martirio. Si ubicas la felicidad o la
autorrealización exclusivamente en la obtención de resultados, muy
pronto descubrirás la paradoja de que para “sentirse bien” deberás “sentirte mal”.
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El bienestar dependerá
de tantas cosas ajenas a tu persona, que te será imposible hacerte
cargo de tus logros personales. La poeta Margaret Lee Runbeck dijo
alguna vez: “La felicidad no es una estación a la cual hay que llegar,
sino una manera de viajar”. Esa es la salud mental: viajar bien.
Aquellos que se
obsesionan con el éxito y lo convierten en un valor, y además manejan
esquemas rígidos de ejecución, viajan mal aunque quieran aparentar lo
contrario. Quizás la felicidad no esté en ser el mejor vendedor, la
mejor mamá, el mejor hijo o descollar en cualquier cosa, sino
simplemente en intentarlo de manera honesta y tranquila, disfrutando
mientras se lleva a cabo, en quedarse con el paisaje, mientras vas hacia
dónde quieras ir. ¿Nunca has hecho un viaje con alguien que pregunta
todo el tiempo “cuánto falta para llegar”, mientras ignora las cosas más bellas que pasan por su lado?
La concentración en el proceso es determinante para obtener un buen
producto. Esta aparente contradicción (la de despreocuparse del
resultado para alcanzarlo) no es tal y queda bien escenificada en la
enseñanza zen sobre el arco y la flecha. Si el arquero se concentra en
sus movimientos, en la respiración, en el equilibrio, sin estar
pendiente de acertar, dará en el blanco con solo apuntar. Pero si dar en
el centro y obtener el máximo puntaje se convierte en una cuestión
determinante (obsesiva), la ansiedad bloqueará la fluidez de sus
acciones y fracasará en el intento. Si posees criterios estrictos para
autoevaluarte, siempre tendrás la sensación de insuficiencia, de no dar
en el blanco. Tu organismo comenzará a segregar más adrenalina de lo
normal y la tensión mental y física interferirá con el buen rendimiento
para alcanzar las metas: entrarás al círculo vicioso de los que aspiran
cada día más y tienen cada día menos.
TODO O NADA.
Los individuos muy autoexigentes utilizan
un estilo dicotómico en la manera de procesar la información. Para
ellos, la vida es blanco y negro, sin tener en cuanta matices: “Soy exitoso o soy fracasado”, “Soy capaz o incapaz”, “Soy inteligente o bruto”.
Esta forma de pensar es errónea, porque no hay nada absoluto ni
rigurosamente extremo. Si miramos el mundo de esta forma dejaremos de
percibir los grises y los puntos medios. Cuando aplicas este estilo
binario a la existencia, tu vocabulario se reducirá a palabras como:
nunca, siempre, todo o nada. Chocarás con una realidad muy distinta a lo
que te imaginabas.
La incapacidad de considerar caminos intermedios y el miedo a perder o a
no alcanzar tus objetivos harán que ignores las aproximaciones a las
metas personales. Para las personas que se mueven por el “
todo o nada”,
los acercamientos no se ven ni se sienten o simplemente pasan
inadvertidos. Dirán: “Estoy o no estoy en la meta”: verás el árbol, ero
no el bosque.
CAMBIO Y REVISION.
Cambiar no es tarea fácil. No solo
porque implica esfuerzo personal, sino por los costos sociales. Si
alguien, valientemente, toma la difícil decisión de “viajar bien”
y salirse de los patrones preestablecidos, la presión social será
inexorable, en especial cuando las metas del individuo no son
coincidentes con los valores del grupo de referencia. Cuando cambiamos
la ruta convencional por una más atrevida y ensayamos caminos nuevos, la
gente rígida y pegada a las normas nos rotulará como “inmaduros” o “inestables”, como si “no cambiar de rumbo”
fuera sinónimo de inteligencia. Una rápida mirada a las personas que
han jugado un papel importante en la historia de la humanidad muestra
que la existencia de cierta “inestabilidad” e insatisfacción
con las condiciones de vida reinantes son condiciones imprescindibles
para vivir intensamente. La conformidad radical o el aplomo absoluto son
baluartes que no mueven el mundo. No temas revisar, cambiar o modificar
tus metas, si ellas son fuente de sufrimiento ¿De qué otro modo podrías
acercarte a la felicidad?
SALVANDO EL AUTOCONCEPTO.
Veamos una guía que puede
servirte para salvaguardar tu autoconcepto del autocastigo, la
autocrítica y la autoexigencia indiscriminada.
1. Trata de ser más flexible contigo y con los demás.
Estos indicadores pueden servirte a manera de resumen:
a) Trata de no ser perfeccionista. Desorganiza un poco a ver qué pasa. Descubrirás que todo sigue más o menos igual.
b) No rotules ni te autorrotules.
c) Concéntrate en los matices. Piensa más en las alternativas y en las excepciones a la regla.
d) Escucha a las personas que piensan distinto a ti.
Recuerda: si eres inflexible y rígido con el mundo y las personas, terminarás siéndolo contigo mismo.
2. Revisa tus metas y las posibilidades reales de alcanzarlas.
Si te descubres intentando subir algún monte Everest y te estás
angustiando, tienes dos opciones racionales: cambias de montaña o
disfrutas el paseo.
3. No observes en ti solo lo malo.
“Si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas”.
4. No pienses mal de ti.
Afortunadamente no eres
perfecto ni tan horrible, aunque te empeñes en serlo. El costo de crecer
como ser humano es equivocarse y “meter la pata”: concierne a una ley universal inescapable.
5. Quiérete la mayor cantidad de tiempo posible.
6. Trata de acercar tu “yo ideal” a tu “yo real”.
Si has idealizado demasiado lo que deberías ser, lo que eres te producirá fastidio.
7. Aprende a perder.
Existe una resignación sana
cuando los hechos te embisten y puedes verlos objetivamente: persistir
testarudamente en una meta suele convertirse en un problema. A veces hay
que despertar de los sueños, porque no se harán realidad, y esto no te
hace ni mejor ni peor, sino más realista y aterrizado.
Eres una máquina especial dentro del universo conocido, no te
maltrates ni te insultes. Para ser exitoso no necesitas del autocastigo.
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