jueves, 23 de febrero de 2012

LA NECESIDAD DE SER NECESITADAS






Tomado del Libro "Mujeres que Aman demasiado" de Robin Norwood
Es una mujer de buen corazón enamorada de un oportunista; lo ama a pesar de sus modales perversos que ella no entiende.
"No sé cómo lo hace todo. Yo me volvería loca si tuviera que soportar todo lo que soporta ella."
"¿Por qué lo tolera?"
"De todos modos, ¿qué ve en él? Podría llevar una vida mucho mejor."
La gente tiende a decir esta clase de cosas sobre una mujer que ama demasiado, al observar lo que parecen ser sus nobles esfuerzos por mejorar una relación aparentemente insatisfactoria. Pero las pistas que permiten explicar el misterio de su devoto apego por lo general se pueden encontrar en las experiencias que tuvo cuando niña: La mayoría de  nosotras crecemos y continuamos en los roles que adoptamos en nuestra familia de origen.

Para muchas mujeres que aman demasiado, esos roles a menudo implicaban negar nuestras propias necesidades e intentar satisfacer las de otros miembros de la familia. Tal vez las circunstancias nos obligaron a crecer demasiado rápido, a asumir prematuramente responsabilidades de adultas porque nuestra madre o nuestro padre estaban demasiado enfermos física o emocionalmente para cumplir con sus funciones propias. O quizás alguno de nuestros padres estuvo ausente debido a su muerte o a un divorcio y nosotras tratamos de tomar su lugar, ayudando a cuidar tanto a nuestros hermanos como al progenitor que nos quedaba. Tal vez nos convertimos en la madre de la familia mientras nuestra madre trabajaba para mantenemos. O quizá vivimos con ambos padres, pero debido a que uno de ellos estaba furioso o frustrado o infeliz y el otro no reaccionaba a eso con apoyo, nos encontramos en el rol de confidentes, oyendo detalles de su relación que eran demasiada carga para que pudiéramos manejarla emocionalmente.

Escuchábamos porque teníamos miedo de las consecuencias que podrían aquejar al progenitor que sufría si no lo hacíamos, y miedo de la pérdida de amor si no cumplíamos el rol que nos había tocado en suerte. Por eso no nos protegíamos, y nuestros padres tampoco nos protegían, porque necesitaban vernos más fuertes de lo que éramos en realidad. Si bien éramos demasiado inmaduras para esa responsabilidad, terminamos protegiéndolos a ellos. Al ocurrir esto, aprendimos a edad demasiado temprana y demasiado bien a cuidar a todos menos a nosotras mismas. Nuestra propia necesidad de amor, atención, cariño y seguridad quedó insatisfecha mientras fingíamos ser más poderosas y menos temerosas, más adultas y menos necesitadas, de lo que realmente nos sentíamos.
Y habiendo aprendido a negar nuestro propio anhelo de que nos cuidaran, crecimos buscando más oportunidades de hacer lo que habíamos aprendido a hacer tan bien: preocuparnos por las necesidades y exigencias de los demás en lugar de admitir nuestro miedo, nuestro dolor y nuestras necesidades insatisfechas. Hace tanto tiempo que fingimos ser adultas, que pedimos tan poco y hacemos tanto, que ahora nos parece demasiado tarde para esperar nuestro turno, entonces seguimos ayudando, con la esperanza de que nuestro miedo desaparecerá y nuestra recompensa será el amor.

La historia de Melanie viene al caso como ejemplo de la manera en que el hecho de crecer demasiado rápido con demasiadas responsabilidades -en este caso, la de reemplazar a un progenitor ausente- puede crear una compulsión de atender a los demás.
¿Por qué una joven tan brillante, atractiva, enérgica y capaz como Melanie necesitaría una relación tan cargada de dolor y penurias como la que tenía con Sean? Porque para ella y para otras mujeres que han crecido en hogares profundamente infelices, donde las cargas emocionales eran demasiado pesadas y las responsabilidades demasiado grandes, para estas mujeres lo agradable y lo desagradable se han confundido y mezclado hasta llegar a ser una misma cosa.

Más aun, el sentido de valor que ella desarrolló era el resultado de haber cargado con responsabilidades que sobrepasaban su capacidad de niña. Ganó aprobación trabajando duro, atendiendo a los demás, y sacrificando sus propias necesidades. Fue así como el martirio también llegó a formar parte de su personalidad y se combinó con su complejo de salvadora para hacer de Melanie un verdadero imán para alguien que implicara problemas, alguien como Sean. Debido a las inusuales circunstancias de su niñez, lo que de otra manera habrían sido sentimientos y reacciones normales se exageraron peligrosamente en Melanie. Resultará útil hacer un breve repaso de algunos aspectos importantes del desarrollo infantil a fin de entender mejor las fuerzas que estaban en juego en la vida de Melanie.

Para los niños que crecen en una familia nuclear, es natural tener fuertes deseos de deshacerse del progenitor de su mismo sexo para poder tener al amado progenitor del sexo opuesto sólo para ellos. Los niñitos varones desean de corazón que papá desaparezca para tener todo el amor y la atención de mamá. Y las niñitas sueñan con reemplazar a su madre como la esposa de papá. La mayoría de los padres han recibido "propuestas" de sus hijos del sexo opuesto que expresan este anhelo. Un varón de cuatro años dice a su madre: "Cuando sea grande me casaré contigo, mami." O una niña de tres años dice a su padre: "Papi, tengamos una casa tú y yo solos, sin mami." Estos anhelos muy normales reflejan algunos de los sentimientos más fuertes que experimenta una criatura. Sin embargo, si algo llegara a ocurrir al rival envidiado y eso ocasionara un daño o la ausencia de ese progenitor en la familia, el efecto sobre la criatura sería devastador.

Cuando en una familia así la madre sufre alteraciones emocionales, enfermedades físicas graves o crónicas, alcoholismo o drogadicción (o si está ausente física o emocionalmente por cualquier otro motivo), entonces la hija (por lo general la hija mayor, si hay dos o más) es elegida casi invariablemente para suplir el puesto vacante debido a la enfermedad o la ausencia de la madre. La historia de Melanie ejemplifica los efectos de tal "ascenso" en una niña. Debido a la presencia de una enfermedad mental debilitante en su madre, Melanie heredó el puesto de jefe femenino de la casa. Durante los años en que su identidad estaba en formación, ella fue, en muchos aspectos, la compañera de su padre más que su hija. Al discutir y organizar los problemas de la casa, funcionaban como equipo. En cierto sentido, Melanie tenía a su padre para ella sola porque tenía con él una relación que era profundamente diferente de la que tenían con él sus hermanos. Era casi su par. Además, durante varios años, ella fue mucho más fuerte y estable que su madre enferma. Eso significó que los deseos infantiles normales de Melanie de tener a su padre para ella sola se cumplieron, pero a costa de la salud de su madre y, finalmente, de la vida de ésta.

¿Qué sucede cuando los deseos infantiles de librarse del progenitor del mismo sexo y de obtener al progenitor del sexo opuesto para uno solo se cumplen? Hay tres consecuencias extremadamente poderosas, que determinan el carácter y obran en forma inconsciente. La primera es la culpa. Melanie se sentía culpable al recordar el suicidio de su madre y su propia incapacidad de evitarlo, la clase de culpa que se experimenta en forma consciente y que cualquier miembro de la familia siente naturalmente ante una tragedia así. En Melanie, esa culpa consciente se vio exacerbada por su super-desarrollado sentido de la responsabilidad por el bienestar de todos los miembros de su familia. Pero además de esta pesada carga de culpa consciente, ella llevaba otra carga más pesada aun.

El cumplimiento de sus deseos infantiles de tener a su padre para ella sola produjo en Melanie una culpa inconsciente además de la culpa consciente que sentía por no haber podido salvar a su madre mentalmente enferma del suicidio. Esto, a su vez, generó un impulso de compensación, una necesidad de sufrir y soportar penurias a modo de expiación. Esta necesidad, combinada con la familiaridad de Melanie con el rol de mártir, creó en ella algo cercano al masoquismo. Había bienestar, si no verdadero placer, en su relación con Sean, con todo su dolor, soledad y abrumadora responsabilidad inherentes.

La segunda consecuencia son los sentimientos inconscientes de incomodidad ante las implicaciones sexuales del hecho de tener al progenitor deseado para uno mismo. Comúnmente, la presencia de la madre (o, en estos días de divorcios frecuentes, la de otra compañera o pareja sexual para el padre, como una madrastra o novia) proporciona seguridad tanto al padre como a la hija. La hija está en libertad de desarrollar un sentido de sí misma como alguien atractivo y amado a los ojos de su padre, y al mismo tiempo sentirse protegida de un cumplimiento abierto de los impulsos sexuales que inevitablemente se generan entre ellos, por la fuerza del vínculo de su padre con una mujer adulta adecuada.

Entre Melanie y su padre no se desarrolló una relación incestuosa, pero dadas las circunstancias bien podría haber sucedido. La dinámica que operaba en su familia está presente con mucha frecuencia cuando se desarrollan relaciones incestuosas entre padres e hijas. Cuando una madre, por el motivo que fuere, abdica de su rol apropiado como pareja de su esposo y madre de sus hijos, y provoca el ascenso de una hija a ese puesto, está obligando a su hija no sólo a asumir sus responsabilidades sino también la expone al riesgo de convertirse en objeto de los impulsos sexuales de su padre. (Si bien aquí se podría interpretar que toda la responsabilidad es de la madre, en realidad el hecho de que haya incesto es completa responsabilidad del padre. Esto se debe a que, como adulto, es su deber proteger a su hija en lugar de usarla para su propia gratificación sexual.)

Por otro lado, aun cuando el padre nunca encare a su hija sexualmente, la falta de un vínculo fuerte entre los padres y la asunción por parte de la hija del rol materno en la familia sirven para acrecentar los sentimientos de atracción sexual entre padre e hija. Debido a su relación estrecha, es probable que la hija tenga una conciencia incómoda de que el interés especial de su padre por ella tiene ciertos matices sexuales. O bien la inusual accesibilidad emocional del padre puede hacer que la hija concentre en él sus nacientes sensaciones sexuales más de lo que lo haría en circunstancias normales. En un esfuerzo por evitar la violación, aun en pensamiento, del poderoso tabú del incesto, tal vez ella se insensibilice a la mayoría o incluso a todos sus sentimientos sexuales. La decisión de hacerlo, nuevamente, es inconsciente, una defensa contra el más amenazador de los impulsos: la atracción sexual hacia un progenitor. Como es inconsciente, esta decisión no se examina ni se revierte con facilidad.

El resultado es una joven que puede sentirse incómoda con cualquier sentimiento sexual, debido a las inconscientes violaciones del tabú que se asocian con ellos. Cuando esto sucede, la atención maternal puede ser la única forma inocua de expresar amor. La forma principal en que Melanie se relacionaba con Sean consistía en sentirse responsable por él. Hacía mucho tiempo que eso se había convertido en su manera de sentir y expresar amor. Cuando Melanie tenía diecisiete años, su padre la "reemplazó" por su nueva esposa, un matrimonio que ella, aparentemente, recibió con alivio. El hecho de que sintiera tan poca amargura por la pérdida de su rol en el hogar quizá se haya debido, en gran parte, a la aparición de Sean y sus compañeros de cuarto, para quienes Melanie realizaba muchas de las mismas funciones que había llevado a cabo antes en su casa. Si esa situación no hubiera llegado a convertirse en un matrimonio con Sean, Melanie podría haberse enfrentado a una profunda crisis de identidad. Pero no fue así; Melanie quedó embarazada de inmediato y así volvió a recrear su rol de encargada, mientras Sean cooperaba comenzando, al igual que el padre de Melanie, a ausentarse gran parte del tiempo.
Ella le enviaba dinero aun mientras estaban separados, compitiendo con la madre de Sean para ser la mujer que lo cuidaba mejor. (Era una competencia que ya había ganado a su propia madre, en relación con su padre.) Durante su separación de Sean, cuando aparecieron en su vida otros hombres que no necesitaban sus cuidados maternales y que, de hecho, trataron de invertir los roles ofreciéndole la ayuda que tanto necesitaba, no pudo relacionarse con ellos emocionalmente.

Sólo se sentía cómoda proporcionando atención. La dinámica sexual de la relación de Melanie con Sean nunca había proporcionado el poderoso vínculo entre ellos que sí creaba la necesidad de Sean por la atención de Melanie. De hecho, la infidelidad de Sean simplemente proporcionó a Melanie otro reflejo de su experiencia infantil. Debido al avance de su enfermedad mental, la madre de Melanie se convirtió en una cada vez más vaga, apenas visible "otra mujer" que estaba en la habitación trasera de la casa, emocional y físicamente apartada de la vida y los pensamientos de Melanie.

Melanie manejaba su relación con su madre manteniendo la distancia y evitando pensar en ella. Más tarde, cuando Sean se interesó por otra mujer, ésta también era alguien vago y distante, a quien Melanie no percibía como una verdadera amenaza a lo que era, al igual que su anterior relación con su padre, una sociedad algo asexual pero práctica. No olvidemos que el comportamiento de Sean no carecía de precedentes. Antes de se casaran, su patrón establecido de conducta había consistido en buscar la compañía de otras mujeres al tiempo que permitía que Melanie se ocupara de sus necesidades prácticas, menos románticas.

Melanie lo sabía y, aun así, se casó con él. Después del matrimonio, ella inició una campaña para cambiarlo mediante la fuerza de su voluntad y su amor. Esto nos lleva a la tercera consecuencia del cumplimiento de los deseos y fantasías infantiles de Melanie: su creencia en su propia omnipotencia. Los niños normalmente creen que ellos, sus pensamientos y sus deseos tienen un poder mágico y que son la causa de todos los acontecimientos significativos de su vida. Comúnmente, sin embargo, aun cuando una niñita desee con ardor ser la pareja de su padre para siempre, la realidad le enseña que eso no es posible. Le guste o no, a la larga debe aceptar el hecho de que la pareja de su padre es su madre. Es una gran lección en su joven vida: aprender que ella no siempre puede lograr, mediante el poder de su voluntad, lo que más desea. En efecto, esta lección contribuye mucho a deshacer su creencia en su propia omnipotencia y la ayuda a aceptar las limitaciones de su voluntad personal.

En el caso de la joven Melanie, sin embargo, ese poderoso deseo se cumplió. En muchos aspectos ella reemplazó a su madre. Aparentemente por los poderes mágicos de sus deseos y su voluntad, ella ganó a su padre para sí misma. Luego, con una impertérrita creencia en el poder de su voluntad para provocar lo que deseara, se vio atraída a otras situaciones difíciles y emocionalmente intensas, las cuales también intentó cambiar por arte de magia. Los desafíos que más tarde enfrentó sin quejas, armada sólo con su voluntad -un marido irresponsable, inmaduro e infiel, la carga de criar tres hijos virtualmente sola, severos problemas económicos y un exigente programa de estudios además de un trabajo por tiempo parcial- fueron prueba de ello.

Sean proporcionó a Melanie un personaje perfecto para realzar sus esfuerzos de cambiar a otra persona a través del poder de su voluntad, tal como él satisfacía las otras necesidades fomentadas por el rol pseudo-adulto de Melanie en su niñez, en el hecho de que le daba amplias oportunidades de sufrir y soportar, y de evitar la sexualidad mientras ejercía su predilección por la atención y el cuidado de su familia.

A esta altura debe estar bien claro que Melanie no fue, de ninguna manera, una víctima infortunada de un matrimonio infeliz todo lo contrario. Ella y Sean satisfacían todas las necesidades psicológicas mutuas más profundas. Era una pareja perfecta. El hecho de que los obsequios monetarios oportunos de la madre de Sean constituyeran un conveniente impedimento para cualquier impulso hacia el crecimiento o la madurez era realmente un problema para ese matrimonio, pero no, como prefería verlo Melanie, El Problema. Lo que en realidad funcionaba mal era el hecho de que se trataba de dos personas cuyos patrones inadecuados de vida y cuyas actitudes hacia la vida, si bien no eran de ningún modo idénticos, se complementaban tan bien que, de hecho, se capacitaban mutuamente para seguir siendo infelices.

Imaginemos a los dos, Sean y Melanie, como bailarines en un mundo en que todos bailan y crecen aprendiendo sus rutinas individuales. Debido a acontecimientos y personalidades particulares y, más que nada, al aprender los bailes que se realizaron con ellos durante toda su niñez, tanto Sean como Melanie desarrollaron un repertorio único de gestos, movimientos y pasos psicológicos.

Un buen día se conocieron y descubrieron que sus estilos distintos de bailar, al hacerlo juntos, se sincronizaban mágicamente en un dúo exquisito, un perfecto pas de deux de acción y reacción. Cada movimiento que hacía uno se veía correspondido por el otro, lo cual daba como resultado una coreografía que permitía que sus estilos fluyeran sin interrupción, girando una y otra vez.

Cada vez que Sean se desligaba de una responsabilidad, ella se apresuraba a asumirla. Cuando ella reunía para sí todas las cargas de criar a su familia, él se marchaba con una pirueta, proporcionándole lugar de sobra para ocuparse del cuidado. Cuando él buscaba otra compañía femenina en el escenario, ella suspiraba con alivio y apresuraba su danza para distraerse. Mientras él se alejaba bailando y salía del escenario, ella realizaba un perfecto paso de espera. Girando una y otra vez...

Para Melanie, a veces era un baile excitante, a menudo solitario; ocasionalmente, era agotador. Pero lo último que deseaba era detener el baile que conocía tan bien. Los pasos, los movimientos, todo le parecía tan bien que estaba segura de que ese baile se llamaba amor.
 

domingo, 12 de febrero de 2012

NUESTROS HIJOS NO NOS DEBEN NADA

Tomado del Libro: Tu Hijo, Tu Espejo. De Martha Alicia Chavez

Ser padre o ser madre es el más honroso y sagrado compromiso que adquirimos con la vida, compromiso que algunos deciden no cumplir, abandonando física, material o emocionalmente a sus hijos; compromiso que otros deciden cumplir quejándose, lamentándose y reclamando a sus hijos por todos los sacrificios, el dinero gastado, el esfuerzo hecho día con día, compromiso que otros, por desgracia los menos, cumplen amorosamente aun con todas sus limitaciones, agobios y errores.

El dar es siempre en sentido descendente, es decir, desde las generaciones mayores hacia las generaciones que le siguen, y un padre no tiene derecho a reclamar a sus hijos por todo lo que les da.  Llamemos las cosas por su nombre: en el preciso momento en que tuvimos un hijo aceptamos el paquete completo que ello implica.  Aun en el caso de que el hijo haya sido producto de un descuido o una falla en el método anticonceptivo, pudiste haberlo dado en adopción.  Esta cruda forma de hablar no es más que la verdad, aunque, tristemente, abundan los padres que de mil maneras mandan a sus hijos el mensaje de "me lo debes".

Una madre se quejaba diciéndome lo mucho que gastaban en la educación de sus hijos, a lo cual sin rodeos respondí que parte de su compromiso como madre era proporcionar educación a sus hijos.
Ella me dijo:
—Mi compromiso es darles educación, pero no necesariamente en escuelas tan caras como a las que van ellos.
Entonces le respondí:
—Ésa es tu decisión; gastar tanto dinero en escuelas es tu elección y no tienes por qué culpar a tus hijos por ello.  Explora en tu interior para que reconozcas los verdaderos motivos por los cuales los tienes en esas escuelas, porque es obvio que por amor no es.

Fue éste uno de esos casos en los que la confrontación trajo resultados muy positivos; efectivamente, ella reconoció que en parte era por estatus e imagen, también por darles lo que ella no tuvo de niña, así como por fastidiar a su hermana mayor con la que siempre había rivalizado y quien no podía ni en sueños pagar ese tipo de escuelas y en parte, además, por un interés genuino de brindar a sus hijos la mejor educación posible.

Pero entonces ¿por qué quejarse constantemente con los hijos por ese gasto, cuando hay tantos intereses personales de por medio? Para que dejara de una vez por todas de lamentarse le sugerí que reenfocara su percepción de la situación suponiendo que esa gran cantidad de dinero que gastaba era el precio por todos aquellos premios a su propio ego; podía también cambiarlos a instituciones menos costosas; su otra alternativa —t-ojalá la haya elegido— era pagar esas cuentas escolares con amor.

Una cosa es clara: cuando tienes esa sensación de que tus hijos te deben algo, lo expreses o no, sin lugar a dudas no estás cumpliendo tu función de proveerlos desde el amor; tal vez desde el sentido del deber, la imagen o la incapacidad de decir NO —porque hay que saber cuándo decir NO a los hijos—, pero definitivamente no estás haciéndolo desde el amor.

Comprarles unos tenis caros con esa carga de enojo, recordarles día a día lo mucho que te costaron, hacer las veces de espía para observar cómo se van deteriorando y entonces volverles a recordar lo mucho que costaron, y así hasta el infinito.  Ahora dime, ¿para qué? Mejor hubiera sido no comprarlos.

¡He escuchado tantos reclamos de padres y madres hacia sus hijos! Madres solteras, viudas o divorciadas, reclamando que no se volvieron a casar por sacarlos adelante; madres amargadas reprochando que dedicaron su juventud a ellos, desgastando sus cuerpos y sus energías por su causa.

También he oído a padres frustrados que casi llevan una lista de lo que han gastado en mantenerlos y lo duro que trabajan para ellos; padres que siempre dan el dinero de mala gana, acompañado con una retahíla de reclamos, condiciones o amenazas; y a madres que le dicen a la hija que está a punto de casarse o irse de viaje: "Una los cría, se sacrifica por ustedes, da la vida por ustedes y, de pronto, así de fácil se van y nos dejan solos".
Y he presenciado peores cosas aún, como el caso de esa madre que acudió a una sesión de terapia con su hijo adulto y cuando él, ahí en la tibia seguridad del consultorio, se atrevió a decirle por primera vez en su vida:
—Mamá, te quiero mucho.
La respuesta de la madre fue:
—Es tu obligación quererme, ¡después de todo lo que he hecho por ti!...
A su hijo como a mí se nos partió el corazón.

Sin duda, todos los padres deseamos que nuestros hijos sean buenas personas, generosos con nosotros y con los demás, y automáticamente lo serán si primero lo reciben con amor de nosotros, sus padres. ¿Cómo dar algo que no se ha recibido ni siquiera en los años de la más tierna infancia?, ¿cómo aprender a ser generoso cuando lo que se nos dio tuvo siempre el sello de "me lo debes"?, ¿cómo aprender a dar si no recibimos?

Pero por favor no me malinterpretes.  No quiero decir que les des a tus hijos todo lo que pidan, no quiero decir que jamás les exijas que cooperen y te ayuden o que no les pidas que reconozcan, aprecien, valoren y cuiden lo que les das y lo que haces por ellos.  Quiero decir que abraces amorosamente tu sagrado compromiso de ser padre y que cualquier gasto, sacrificio, renuncia o esfuerzo que hagas en su cumplimiento, intentes hacerlo desde el amor, lo intentes al menos.

Existen Hijos "Oasis" e Hijos "Maestros"

Tomado del Libro: Tu Hijo, Tu Espejo. De Martna Alicia Chavez

En mis cursos y conferencias comento que en toda familia conformada por dos o más hijos, siempre hay un hijo al que llamo "oasis" y un hijo al que llamo "maestro".  El oasis es ese hijo o hija que casi se autoforma y se auto educa, a veces parece que ya nació formado y educado. ¡Es tan fácil ser padre de ese hijo!, es responsable, no da problemas y la relación con él o ella fluye fácilmente.

El hijo "maestro", en cambio, nos voltea al revés, es el que nos hace madurar, aprender y crecer, el que nos hace leer libros, ir a terapia, cursos y conferencias para encontrar la forma de lidiar con él, nos hace volver los ojos al cielo en busca de ayuda y con ello nos acerca a nuestra parte espiritual.  Nos acerca a un Ser Superior, el cual cada quien nombra o concibe a su manera.

Es difícil ser padre de estos hijos "maestros", a veces pensamos que están mal, que hay algo equivocado en ellos, pero créeme, no es así.  Yo creo profundamente que nuestras almas —las de los padres y las de los hijos— se atrajeron mutuamente para crecer juntos; dicho de otro modo, nosotros elegimos a nuestros hijos y ellos nos eligieron a nosotros.  Si te suena descabellado, revisa con todo detenimiento lo que ese hijo "maestro" te ha
"obligado" a aprender y buscar; las búsquedas siempre conducen a algo bueno.  Con los hijos difíciles tenemos la mejor oportunidad de aprender, entre muchas otras cosas, el amor incondicional.

miércoles, 8 de febrero de 2012

TU HIJO, TU ESPEJO

Tomado del Libro Tu Hijo, Tu Espejo.  Un libro para padres valientes.  De Martha Alicia Chávez

En mi ciudad natal vivían una mujer y su hija que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
— ¡Al fin! ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti que destrozaste mi juventud y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego la hija habló, en estos términos:
— ¡Oh, mujer odiosa, egoísta y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearía que estuvieras muerta!
En aquel momento cantó el gallo y ambas mujeres despertaron. La madre dijo, amablemente:
— ¿Eres tú, tesoro?
Y la hija respondió con la misma amabilidad:
—Sí, soy yo, querida mía.1

1 Gibrán Jalil Gibrán, "Las sonámbulas", en El Loco, Editorial Orión, México, 1972, pp. 37-38.

Recuerdo todavía el impacto que este relato causó en mí cuando en la adolescencia lo leí. ¿Sería eso posible? Me pregunté: "¿Podían existir sentimientos como esos entre una madre y una hija o entre un padre y un hijo?". Pero dentro de mi asombro sabía que ese relato mostraba en su más dramática expresión una realidad que de una forma visceral yo intuía.

Luego me convertí en madre y después en psicoterapeuta, y en estos diez años en que he acompañado a tantas madres y padres en un tramo de su andar por la vida he constatado muchas veces que hay una "parte oculta" en la relación padres-hijos, conformada por una variedad de facetas de la vida de los padres, proyectadas de manera inconsciente en la vida de sus hijos, proyecciones que se desconocen y se niegan, porque descubrirlas a veces asusta y casi siempre avergüenza.

¿Qué caso tendría entonces adentrarnos en este laberinto? ¿Para qué leer este libro y correr el riesgo de sentir culpa, dolor o vergüenza? La respuesta es simple: de todas maneras sentimos esto en muchos momentos de la relación con nuestros hijos, sobre todo después de esas explosiones donde surgen los sentimientos reprimidos y negados, donde nos agredimos mutuamente y dejamos la marca de esas ofensas que el tiempo casi nunca borra, y que se van acumulando una sobre otra dañándonos profundamente, tanto a nosotros como a nuestros hijos.
¿No es mejor entonces conocer esa "parte oculta" de nuestra relación? ¿No es mejor saber por qué ese hijo, específicamente él, te saca tan fácil de tus casillas, por qué te desagrada tanto, por qué te es tan difícil amarlo, por qué estás empeñado en cambiarlo, por qué lo presionas con tal insistencia para que haga o deje de hacer?

Darte cuenta de qué te pasa con tu hijo te abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en tu relación con él y a veces, mucho más frecuentemente de lo que te imaginas, darse cuenta transforma, casi en segundos, estos sentimientos de rechazo, rencor y culpa, que pueden resultar devastadores. Muchas veces he sido testigo del profundo cambio de percepción y sentimientos de los padres respecto a sus hijos con el solo hecho de descubrir y reconocer esa "parte oculta".  Mientras no la reconozcamos, difícilmente podremos solucionar los problemas de forma real, profunda y permanente, ya que aun cuando llevemos a cabo cambios de comportamiento, de relación o de comunicación, la sombra de esa "parte oculta" seguirá contaminando y eclipsando cualquier intento de solución.

Vivimos en un mundo con muchos problemas y en el fondo de ellos hay una enorme carencia de amor. Si quieres aportar algo trascendente a la sociedad y al mundo en el que vives, ofréceles hijos amados, inmensamente amados, porque estarás ofreciendo personas honestas, productivas, buenas y felices.
Te invito pues, únete a todos nosotros, padres y madres que, como tú, estamos dispuestos a descubrir esa "parte oculta" de la relación con nuestros hijos, a correr el riesgo de incomodarnos por un rato si esto nos lleva a vivir mejor y amarnos más.  Exploremos esto juntos y divirtámonos mientras lo hacemos.
Mi deseo es que este trabajo contribuya a cultivar  y fortalecer el amor entre padres e hijos...

Poco a poco ire anexando mas informacion de este interesante libro. Gracias por leer.



jueves, 2 de febrero de 2012

COMO VENCER EL MIEDO

¿Cómo se puede dominar el miedo o eliminarlo del todo?
Tomado de un libro de Osho.

 

No es posible eliminar ni dominar el miedo; solamente se puede comprender. La palabra clave aquí es comprender. Solamente el comprender puede provocar una mutación. Si tratas de dominar tu miedo, este permanecerá agazapado en las profundidades de tu ser. No ayudará, sino que complicará las cosas.
Siempre que salga a la superficie, querrás reprimirlo, pues eso es lo que significa dominar. Y podrás reprimirlo tan profundamente que lo harás desaparecer de tu conciencia. Entonces, jamás serás consciente de él, aunque eso no quiere decir que no esté allá oculto en el sótano, ejerciendo su influencia. De esa forma, el miedo podrá manejarte y manipularte, pero tan sutilmente que no lo reconocerás por lo que es. Sin embargo, el peligro permanece oculto en el lugar más recóndito, donde es más difícil comprenderlo.
 

Por lo tanto, no trates de dominar ni eliminar el miedo. Es imposible eliminarlo puesto que contiene un tipo de energía, y la energía no se destruye. Has visto cuán grande puede ser la energía del miedo?  Es como la de la ira. Los dos son dos aspectos del mismo fenómeno de energía. La ira es agresiva mientras que el miedo no lo es. El miedo es ira en un estado negativo; la ira es miedo en estado positivo. No has visto cuán grande es el poder de la ira cuando se apodera de ti? Podrías incluso lanzar una roca que normalmente ni siquiera podrías levantar. Adquieres un poder tres, cuatro veces mayor cuando la ira invade. Puedes hacer ciertas cosas que no podrías hacer en un estado normal.
 

Cuando tienes miedo, podrías correr a tanta velocidad que hasta un atleta olímpico te envidiaría. El miedo crea energía; el miedo es energía, y la energía no se destruye. No es posible eliminar ni siquiera un ápice de energía. Esto es algo que debes tener presente siempre, o de lo contrario podrías cometer un error. Nada se destruye, solo se transforma. No es posible destruir ni siquiera un pedrusco; no es posible destruir ni siquiera un átomo de arena. Solamente cambiar su forma. No se puede destruir ni una gota de agua; se puede convertir en hielo, o evaporar, pero siempre permanece. Permanece en alguna parte porque no puede dejar de existir.
 

Tampoco es posible destruir el miedo. La gente ha tratado de destruir el miedo desde tiempos inmemorables, como también ha tratado de destruir la ira, y la sexualidad, y la codicia, y esto y aquello. El mundo entero ha hecho esfuerzos continuamente para destruir las energías. Y cual ha sido el resultado? Que la humanidad este hecha un desastre. No se ha podido destruir nada, todo sigue aquí. Lo único es que todo es más confuso. No hay necesidad de destruir nada, porque, para comenzar, no es posible destruir cosa alguna.
Entonces que debe hacerse? Es preciso comprender el miedo. Que es el miedo? Cómo surge? De dónde viene? Cuál es su mensaje? Es preciso examinarlo, sin juzgar, para poder comprenderlo. Si ya tienes la impresión de que el miedo es una equivocación, de que no debería existir –“No debería sentir miedo”- no estarás en capacidad de observar. Entonces, como enfrentar el miedo? Como ver al miedo a los ojos si ya han decidido que es su enemigo? Nadie mira al enemigo a los ojos. Si lo consideras malo, tratarás de pasar lejos de él, de evitarlo, de dejarlo de lado. Trataras de no cruzarte en su camino. Sin embargo, eso de nada servirá porque no por evitarlo desaparecerá.
 

Lo primero es deshacerse de toda acusación, de toda valoración, de todo juicio. El miedo es una realidad a la cual hay que enfrentar y comprender, y es solo comprendiéndolo que se puede transformar. En efecto, se transforma a través de la comprensión. No es necesario hacer más; la comprensión lo transforma.
 

Qué es el miedo? Para empezar, el miedo siempre se asocia con algún deseo. Quieres convertirte en la persona más famosa del mundo; sentirás miedo. Qué pasará si no lo logras? El temor se apodera de tu ser. Así, el miedo es un subproducto del deseo. Alguien desea ser la persona más rica del mundo. Qué tal si no lo logra? Comienza a temblar y aparece el miedo. Un hombre desea poseer a una mujer y teme no poder aferrarse a ella en el futuro porque ella podría desear irse con otro. Ella está viva y bien puede irse. Solamente una mujer muerta estaría imposibilitada para irse, en cuyo caso el hombre poseería un cadáver y no tendría que temer porque estaría con él para siempre. Es posible poseer un mueble, porque ahí no hay miedo. El miedo se representa con el deseo de poseer a un ser humano. Quién sabe…ayer el hombre no poseía a la mujer, hoy la posee…quién sabe si mañana sea de alguien más. El miedo surge del deseo de poseer. Es el subproducto de ese deseo de poseer. Si no hay deseo de poseer, no hay miedo. Si no deseas ser esto o aquello en el futuro, no tendrás miedo. Si no deseas ir al cielo, el sacerdote no podrá infundirte miedo. Si no deseas ir a lugar alguno, nadie podrá infundirte miedo.
 

Si comienzas a vivir el momento, el miedo desaparecerá. El miedo viene a través del deseo. Básicamente, el deseo engendra el miedo.
Observa: Busca de dónde viene el miedo, cuál es el deseo que lo origina, y reconoce su inutilidad. Cómo podría alguien poseer a un hombre o a una mujer? Es una noción completamente estúpida. Solamente se pueden poseer las cosas, no las personas.
 

La persona es libertad. La persona es bella gracias a su libertad. El ave es bella cuando vuela en el cielo. Cuando se encierra en una jaula, deja de ser la misma. Parece un ave, pero no es la misma. Qué se hizo el cielo? Donde está el sol? Donde está el viento? Todos han desaparecido, y el ave no puede ser la misma.
Te enamoras de una mujer porque es libertad. Entonces, la pones en una jaula: acuden al tribunal y se casan, y le construyes una hermosa jaula de oro, tachonada de diamantes. Pero la mujer ya no es la misma. Entonces, sobreviene el miedo. Hay miedo porque quizás a la mujer no le agrade su jaula y anhele recuperar su libertad. La libertad es un valor irrenunciable.
El ser humano consta de libertad; la conciencia consta de libertad. Tarde o temprano, la mujer comenzará a sentirse aburrida y hastiada. Comenzará a buscar a alguien más. Entonces, el hombre sentirá miedo porque desea poseer. Pero por qué desea poseer en primer lugar? No seas posesivo y no sentirás temor. Y cuando dejes de sentir miedo, tendrás a tu disposición esa energía que ha estado acaparada y aprisionada en el miedo. Esa energía se convertirá en creatividad. Podrá convertirse en una danza, en una celebración.
Finalmente, por favor no preguntes cómo puedes dominar o destruir el miedo, porque no se puede dominar, ni eliminar, ni destruir. Solamente se puede comprender. Convierte la comprensión en tu única ley.