miércoles, 6 de junio de 2012

DEPENDENCIA SEXUAL MASCULINA

Extraído del libro Intimidades Masculinas escrito por Walter Risso

“Los hombres estamos locos, la poca libertad que nos concede el Gobierno, nos la quitan las mujeres” Cesare Pavese

El deseo irresistible y desbocado por las mujeres es una realidad que afecta a la generalidad de los hombres.  La gran mayoría de los varones, tarde o temprano, nos rendimos al incontenible impulso que nos induce, sin compasión y desalmadamente, no ya a la reproducción sino al placer del sexo por el sexo.  La dependencia sexual masculina se hace evidente en el erotismo que tiñe prácticamente toda nuestra cultura: la demanda es desesperada y la oferta no tiene límites.

El incremento alarmante de violaciones, prostitución, abuso infantil, acoso sexual y consumo masivo de pornografía violenta, entre otros indicadores, evidencian que en el tema de la sexualidad algo se nos salió de las manos.  La prevalencia de parafilias (un tipo de trastorno sexual) que se producen violentamente y contra la voluntad de las otras personas, como el sadismo sexual y la pedofilia (preferencia sexual por los niños), ha aumentado ostensiblemente. Los hombres mantenemos un liderazgo definitivo en esto de las desviaciones sexuales, ya sean peligrosas, simpáticas o inofensivas.  En el masoquismo, que es donde menos mal estamos, aventajamos a las mujeres en una proporción de 20 a 1.  Las otras alteraciones como el exhibicionismo, el fetichismo (actividad sexual compulsiva ligada a objetos no animados como ropa, zapatos, lencería de mujer, etc.), el voyerismo (observar ocultamente actividades relacionadas con lo sexual), el travestismo, y el sadismo y la pedofilia que ya nombré, no parecen existir en el 99% de las mujeres.

Por el contrario, los llamados trastornos del deseo sexual, es decir, desgano por el sexo, son mucho más frecuentes en mujeres que en varones.

El sexo ejerce sobre nosotros, los hombres, la mayor fascinación.  De una manera no siempre consciente pensamos casi todo el día en eso, nos gusta, nos atrae, lo extrañamos, lo necesitamos como el aire y, lo más importante, lo exigimos.  Si algún osado varón decide eliminarlo de una vez por todas, sin cirugías y a plena voluntad, la tarea suele quedarle demasiado grande; nadie está exento.  Mientras una mujer promedio puede estar tranquila durante meses sin tener sexo, el varón normal, al mes o mes y medio, empieza a sentir cierta inquietud interior que luego se transforma en incomodidad, y más tarde en barbarie.  La libido comienza a nublarse la vista y a maltratar su organismo, e incluso su inteligencia comienza a debilitarse.  Un mal humor y cierta quisquillosidad imposible de ocultar afectan su entorno inmediato, sobre todo cuando amanece. 

La mayoría de los hombres, salvo honrosas excepciones como los eunucos y algunos célibes, no sabe ni puede vivir sin esta tremenda fuerza vital funcionando.  El sexo nos quita demasiado tiempo y energía.  Si esto no es adicción, se le parece mucho.

La nueva masculinidad quiere canalizar esta primitiva y encantadora tendencia. Jamás eliminarla, no está de más la aclaración, sino reestructurarla, reacomodarla y tener un control más sano sobre ella. No estoy hablando de “asexualizar” al varón, eso sería desnaturalizarlo; el sexo nos gusta y eso no está en discusión.  A lo que me refiero es a romper con la adicción, a querer más nuestro cuerpo y a diluir un poco más el sexo en el amor, a ver qué pasa.  Ni la restricción mojigata, aburrida y poco creativa que maligniza y flagela la natural expresión sexual, ni la decadencia de la sexualidad manifestada en un afán compulsivo y desordenado por el éxtasis, que no nos deja pensar y nos arrastra a la humillación.

Tres aspectos han colaborado para que la adicción y la decadencia de la sexualidad masculina sea una realidad:

-Un primer factor lo encontramos en el Culto al Falo.   Desde tiempos inmemorables y en casi todas las culturas, estatales, tribales y pre-estatales, han existido ceremoniales de veneración al miembro masculino, a su tamaño y a sus funciones mágicas. Muchos pensadores, religiosos, científicos y filósofos también han contribuido a la devoción fálica. Algunos como Aristóteles llegaron a atribuir al semen propiedades celestiales, considerándolo un fluido metafísico y la esencia misma de la vida y la identidad.

-La segunda causa debemos buscarla en los patrones de Educación sexual del varón, si es que los hay. Uno de los mayores miedos de los padres hombres es a tener un hijo homosexual; por eso, cuantas más muestras de heterosexualidad ofrezca el vástago, mejor.  Recuerdo que cuando mi primo tenía 5 años le comentó a su padre, inmigrante napolitano y machista, que si era verdad que los hombres también podían hacerlo entre sí.   Aterrorizado por la pregunta, mi tío decidió cortar la cosa de raíz y crear inmunidad de por vida: “¡Cuidado! ¡Los hombres que hacen eso quedan inválidos!”. Fue tajante y contundente.  Mi primo y yo nos miramos, como diciendo: “¡Qué interesante!”.  El problema fue que nuestro consejero sexual no previó las consecuencias. A los pocos días, esperando que cambiara un semáforo en rojo, vimos pasar a un señor de mediana edad en silla de ruedas.  Nuestra impresión fue enorme. No solo no pudimos disimular nuestra sorpresa, sino que decidimos tomar partido y ser solidarios con la causa de los verdaderos machos.  Al instante, sacamos la cabeza por la ventanilla y, ante la mirada atónita del pobre señor y demás transeúntes, comenzamos a esgrimir las sagradas consignas: “¡Mariquita!”, “¡Mariquita!”, “¡Degenerado!”. “¡Ya sabemos lo que hiciste!”, “¡Mariquita!”…

-Una tercera variable que predispone marcadamente a la adicción está relacionada con el Placer Biológico. Aunque en el hombre el goce sexual no siempre está atado a la eyaculación, ya que puede haber orgasmos sin eyaculación o viceversa, casi en la totalidad de los casos, orgasmo (placer) y eyaculación van de la mano.  Es decir, para procrear de manera natural, el varón sólo puede hacerlo desde el placer. Hasta hace poco, cuando los métodos artificiales de procreación estaban en pañales y la naturaleza mandaba, la conclusión era definitiva: si se acababa el placer sexual, se acababa la especie. Esta hipótesis, más allá de excusar o justificar cualquier exceso sexual masculino o el atropello de los derechos femeninos, simplemente podría estar indicando una de las causas del escaso autocontrol masculino frente a su actividad sexual. 

La mujer funciona distinto. Aunque ella posee una gran capacidad para sentir y disfrutar del sexo tanto o más que el hombre, el orgasmo femenino no es una condición biológica directa para la concepción.

La perspectiva presentada muestra claramente que en la conformación de la dependencia sexual masculina se entrelazan lo biológico y lo cultural de manera compleja.  Sin embargo, pese a su larga y aplastante tradición, esta tendencia negativa está comenzando a revertirse.  Una sexualidad masculina que se desarrolla fundamentalmente lejos de la adicción, y más cerca del afecto, se está gestando. 

Este cóctel, asombroso y extraño para muchos varones, produce una nueva e interesante forma de éxtasis, más intensa e impactante y mucho más sana.  Y es apenas natural, porque cuando la energía sexual masculina se fusiona con la del amor ocurre una gran explosión interior que rebasa todo apego y nos coloca en el umbral de la trascendencia.  En realidad, cuando esta comunión se da estamos tan cerca de la iluminación que no podemos hacer otra cosa que morirnos de la risa.
 

AVENTURAS ESPORÁDICAS VS. RELACIONES ESTABLES

Extraído del libro La Fidelidad es mucho más que amor escrito por Walter Risso
 
“El hombre es fuego, la mujer estopa, y viene el viento y sopla…”


Mientras el 40% de los hombres prefieren las aventuras de un día, sólo el 2% de las mujeres aceptan este tipo de infidelidad “ultrarrápida”.  El engaño femenino suele exigir algo más que simple sexo, ésa es la razón por la cual el 80% de los embelecos femeninos ocurren con conocidos o amigos: el afecto arrastra al erotismo. Independiente del sexo, la mayoría de la aventuras que comienzan con gente cercana (colegas, compañeros de ocio, secretarias, vecinos, amigas) terminan convirtiéndose en una especie de telenovela tormentosa. Cuando se asciende (o desciende) a la categoría de amantes, el universo entero tiembla.

Estamos de acuerdo en que si hay “rompimiento traicionero” de lo pactado, hay infidelidad.  En eso no hay discusión.  Uno no puede ser “un poco” infiel o “casi” fiel.  La ruptura del acuerdo se da o no se da. No obstante, parece que la gente considera que aunque haya adulterio no es lo mismo una aventura aislada sin vínculo emocional (una noche, unos días), que una relación “seria” y estable (meses, años).

Un señor que amaba profundamente a su esposa descubrió que ella había tenido una aventura sexual con el jefe.  Luego de una fiesta de oficina, la mujer había aceptado ir al apartamento del hombre y ahí había amanecido.  El percance adquirió dimensiones inusitadas porque al ver que no llegaba (¡se había quedado dormida!) intervinieron la policía, los hijos, los suegros, los padres, los vecinos. En fin, la hecatombe fue total y vox populi.  Ante la desesperación de los familiares, uno de los asistentes a la celebración no tuvo más remedio que contar lo que había pasado. Cuando el marido y algunos familiares llegaron al apartamento, la pescaron semidesnuda, pasmada y con las manos en la masa.

En la terapia de pareja, a la cual asistieron con la rapidez que demandaba la situación, se planteó un dilema fundamental: ¿Hay diferencia entre la locura de una noche (fugaz, irrepetible, desordenada) y la relación de amantes (constante, repetida y pensada)? ¿Tienen el mismo carácter traicionero? ¿Lo eventual y aislado merece igual sanción que lo permanente y estable? Por decirlo de alguna manera, ¿no sería más comprensible o “perdonable” la aventura esporádica? En el caso que estoy señalando, la respuesta a estas preguntas fue benévola para la relación.  Se llegó a la conclusión de que, aunque ella había sido evidentemente infiel, existían ciertos atenuantes que iban desde un anterior abandono afectivo del marido hasta el consumo de alcohol (la droga nubla todo esbozo de consciencia).  Se decidió intentar de nuevo.   El señor dejó establecido que jamás aceptaría la reincidencia, y ambos coincidieron que por ningún motivo perdonarían la infidelidad de un amante permanente: borrón y cuenta nueva.

Aunque en algunos apartados de este libro se analizará el tema de las aventuras, ya que son el caldo de cultivo donde puede prosperar la maraña afectiva de la doble vida, el presente texto está orientado principalmente a aquellas relaciones donde se ha configurado un vínculo estable con “el otro” o “la otra”; es decir, la relación de amantes, que es la más fuerte de las estafas sentimentales y la que mayores secuelas psicológicas conlleva.

No estoy disculpando la aventura casual, sino marcando una diferencia fundamental en la manera de ser infiel. Una relación extramatrimonial sostenida y reiterada implica, necesariamente, premeditación y alevosía.   El incendio está fuera de control y arrasa con todo lo que se atraviesa en el camino. La problemática principal es que el incendiario, sabiendo las consecuencias y pudiendo controlar el siniestro, le echa más leña al fuego.
Si tenemos en cuenta que la duración promedio de una relación de amantes fluctúa entre uno o dos años, es fácil imaginar los desastres, las desventuras y los desmanes que pueden ocurrir en tanto tiempo.

 

martes, 5 de junio de 2012

"Ten el Valor de equivocarte" Hegel

Tomado del libro Enamórate de ti escrito por WALTER RISO   

La mayoría de nosotros anda con un garrote invisible y especialmente doloroso con el que nos golpeamos cada vez que equivocamos el rumbo o no alcanzamos las metas personales. Los que no se quieren a sí mismos han aprendido a echarse la culpa por casi todo lo que hacen mal y a dudar del propio esfuerzo cuando hacen las cosas bien, como si tuvieran los cables cruzados. Si fracasan, dicen: “Dependió de mí”, y si logran ser exitosos en alguna cuestión, afirman: “Fue pura suerte”. Hay una subcultura del autosabotaje que ejerce sus influencias negativas y nos lleva a hacernos responsables más de lo malo que de lo bueno. No hay que ser tan duro con uno mismo.

El autoconcepto se refiere a lo que piensas de ti, al concepto que tienes de tu persona, así como podrías tenerlo de alguien más, y, como es lógico, tal concepción se verá reflejada en la manera en que te tratas a ti mismo: qué te dices, qué te exiges y cómo lo haces.
Puedes autorreforzarte y mimarte, o insultarte y no ver nada bueno en tu comportamiento, o también puedes ponerte metas inalcanzables y lacerarte luego por no alcanzarlas, como lo hace mucha gente, así parezca lo más irracional del mundo. Somos victimas de nuestras propias decisiones: cada quien elige amarse a sí mismo o no, aunque no siempre somos conscientes del daño que nos hacemos. Además de sobrevivir al medio y a la lucha diaria, también hay que aprender a sobrevivir a uno mismo: el enemigo no siempre está afuera.

LA MALA AUTOCRÍTICA.
La autocrítica es conveniente y productiva si se hace con cuidado y con el objetivo de aprender y crecer. A corto plazo puede servir para generar nuevas conductas y enmendar los errores, pero si se utiliza indiscriminada y cruelmente, genera estrés y afecta de manera negativa el autoconcepto. Si la usas inadecuadamente, terminarás pensando mal de ti mismo, hagas lo que hagas. He conocido gente que “no se cae bien a sí misma”, no se acepta y se rechaza de manera visceral (“Me gustaría ser más alto, más inteligente, más sensual, más eficiente…”, y la lista puede ser interminable). Se comparan todo el tiempo con quienes son mejores o los superan en algún sentido. Los escucharás decir con frecuencia: “No me aguato a mí mismo!” o “Soy un desastre!”. La expresión: “Más vale solo que mal acompañado” la remplazan por: “Más vale mal acompañado que solo”.


El mal hábito de estar haciendo permanentes revisiones interiores, duras y crudas, incrementa la insatisfacción con uno mismo y los sentimientos de inseguridad. Nadie aprende con métodos basados en la punición o el castigo. Me viene a la memoria un paciente que no hacía más que autocastigarse. Se insultaba una cincuenta veces al día en voz baja, se prohibía la mayoría de los disfrutes, como si fuera un faquir, y tenía tantas reglas y requisitos para vivir que le era imposible sentirse bien. Estaba tan limitado y confundido que ya no sabía en verdad quién era. El decía que se sentía como una fotocopia de sí mismo. Y no es exageración: a muchas personas les ocurre que cuando se pierden en los “debería” y las obligaciones autoimpuestas, ya no recuerdan como eran en realidad. Las máscaras psicológicas no solo agotan sino que te despersonalizan. El hombre, que apenas tenía treinta y cinco años, era incapaz de tomar decisiones por sí mismo y pedía permiso hasta para respirar. Mi paciente había crecido con la idea de que si no seguía estrictamente las pautas con las que lo habían educado, dejaría de ser una buena persona. Demasiada carga para cualquiera, y por eso cabe la pregunta: ¿Cómo hizo para sobrevivir a semejante asfixia normativa? Para sobrevivir a la represión autoimpuesta, desarrolló tres métodos: autocontrol excesivo, autobservación obsesiva y autocrítica despiadada. Tres garrotes mortales. Castigarse a sí mismo lo hacía sentir bueno, correcto y “salvado”. Cuando pidió ayuda profesional e hizo su propia revolución “Psicológico-moral”, llegó a la sana conclusión de que merecía maltratarse. Empezó a permitirse algunos deslices simpáticos como, por ejemplo, comerse un helado triple con chocolate y crema batida sin pensar en la gula, vestirse bien sin sentirse vanidoso o culpable, y mirar a una chica por la calle sin sentirse especialmente lujurioso.

El castigo sistemático, en cualquiera de sus formas, lo único que te enseñará es a huir de los depredadores y castigadores de turno; huir, y nada más. No resolverás el problema de fondo, no lo enfrentarás. Pero cuando hablamos de autocastigo el problema es que el verdugo seas tú mismo, y entonces lo llevarás a cuestas como una desventura: defenderte será como escapar de tu propia sombra. Infinidad de personas poseen un sistema de autoevaluación que las hacen sufrir día y noche, momento a momento e, inexplicablemente, sentirse orgullosas del martirio que se propician a sí mismas.


LA AUTORROTULACIÓN: ¿“SOY” O “ME COMPORTÉ”?
Una variación de la autocrítica dañina es la autorrotulación negativa: colgarse carteles que no hablan bien de uno mismo o dejar (y aceptar) que te los cuelguen los otros para ubicarte en alguna categoría que te hace daño. Las clasificaciones sociales (estereotipos) tienden a referirse a los demás en términos globales y no específicos, sin tener en cuenta las excepciones o los atenuantes. Lo mismo pasa cuando te rotulas negativamente a ti mismo: confundirás la parte con el todo. En vez de decir: “Me comporté torpemente”, dirás: “Soy torpe”. O: “Soy un inútil”, en vez de decir: “Me equivoqué en esto o aquello”. No es lo mismo afirmar: “Estoy comiendo mal”, que: “Soy un cerdo”. El ataque a mansalva y tajante al propio “yo”, a lo que eres, crea desajustes y alteraciones de todo tipo. Por el contrario, la autocrítica constructiva es puntual y nunca toca el fondo del ser como totalidad. Si le dijeras a la persona que amas: “¡Te equivocaste, eres un(a) idiota”, ¿Cómo se sentiría él(ella)? ¿Cómo reaccionaría? Le harías daño, ¿verdad? Pues de igual manera, atacar tu valoración personal, golpear tu valía, te afecta psicológicamente mucho más de lo que piensas.
LA AUTOEXIGENCIA DESPIADADA. Otras personas muestran la tendencia a utilizar estándares internos inalcanzables para evaluarse a sí mismos. Es decir: metas y criterios desproporcionados sobre hacia dónde debe dirigirse el comportamiento. Si la autoexigencia es racional y bien calculada, te ayuda a progresar psicológicamente, pero si no se calibra bien, puede afectar seriamente la salud mental. Los dos extremos son malos. Nadie niega que en ocasiones necesitamos una autoexigencia moderada o elevada para ser competentes; no obstante, el desajuste se produce cuando estos niveles de exigencia se hacen imposible de alcanzar. Por ejemplo: la idea de que debo destacarme en casi todo lo que hago, que debo ser el mejor a toda costa y que no debo equivocarme, son imperativos que llegan a convertirse en un verdadero martirio. Si ubicas la felicidad o la autorrealización exclusivamente en la obtención de resultados, muy pronto descubrirás la paradoja de que para “sentirse bien” deberás “sentirte mal”.
El bienestar dependerá de tantas cosas ajenas a tu persona, que te será imposible hacerte cargo de tus logros personales. La poeta Margaret Lee Runbeck dijo alguna vez: “La felicidad no es una estación a la cual hay que llegar, sino una manera de viajar”. Esa es la salud mental: viajar bien.
Aquellos que se obsesionan con el éxito y lo convierten en un valor, y además manejan esquemas rígidos de ejecución, viajan mal aunque quieran aparentar lo contrario. Quizás la felicidad no esté en ser el mejor vendedor, la mejor mamá, el mejor hijo o descollar en cualquier cosa, sino simplemente en intentarlo de manera honesta y tranquila, disfrutando mientras se lleva a cabo, en quedarse con el paisaje, mientras vas hacia dónde quieras ir. ¿Nunca has hecho un viaje con alguien que pregunta todo el tiempo “cuánto falta para llegar”, mientras ignora las cosas más bellas que pasan por su lado?

La concentración en el proceso es determinante para obtener un buen producto. Esta aparente contradicción (la de despreocuparse del resultado para alcanzarlo) no es tal y queda bien escenificada en la enseñanza zen sobre el arco y la flecha. Si el arquero se concentra en sus movimientos, en la respiración, en el equilibrio, sin estar pendiente de acertar, dará en el blanco con solo apuntar. Pero si dar en el centro y obtener el máximo puntaje se convierte en una cuestión determinante (obsesiva), la ansiedad bloqueará la fluidez de sus acciones y fracasará en el intento. Si posees criterios estrictos para autoevaluarte, siempre tendrás la sensación de insuficiencia, de no dar en el blanco. Tu organismo comenzará a segregar más adrenalina de lo normal y la tensión mental y física interferirá con el buen rendimiento para alcanzar las metas: entrarás al círculo vicioso de los que aspiran cada día más y tienen cada día menos.


TODO O NADA.
Los individuos muy autoexigentes utilizan un estilo dicotómico en la manera de procesar la información. Para ellos, la vida es blanco y negro, sin tener en cuanta matices: “Soy exitoso o soy fracasado”, “Soy capaz o incapaz”, “Soy inteligente o bruto”. Esta forma de pensar es errónea, porque no hay nada absoluto ni rigurosamente extremo. Si miramos el mundo de esta forma dejaremos de percibir los grises y los puntos medios. Cuando aplicas este estilo binario a la existencia, tu vocabulario se reducirá a palabras como: nunca, siempre, todo o nada. Chocarás con una realidad muy distinta a lo que te imaginabas.

La incapacidad de considerar caminos intermedios y el miedo a perder o a no alcanzar tus objetivos harán que ignores las aproximaciones a las metas personales. Para las personas que se mueven por el “
todo o nada”, los acercamientos no se ven ni se sienten o simplemente pasan inadvertidos. Dirán: “Estoy o no estoy en la meta”: verás el árbol, ero no el bosque.

CAMBIO Y REVISION.
Cambiar no es tarea fácil. No solo porque implica esfuerzo personal, sino por los costos sociales. Si alguien, valientemente, toma la difícil decisión de “viajar bien” y salirse de los patrones preestablecidos, la presión social será inexorable, en especial cuando las metas del individuo no son coincidentes con los valores del grupo de referencia. Cuando cambiamos la ruta convencional por una más atrevida y ensayamos caminos nuevos, la gente rígida y pegada a las normas nos rotulará como “inmaduros” o “inestables”, como si “no cambiar de rumbo” fuera sinónimo de inteligencia. Una rápida mirada a las personas que han jugado un papel importante en la historia de la humanidad muestra que la existencia de cierta “inestabilidad” e insatisfacción con las condiciones de vida reinantes son condiciones imprescindibles para vivir intensamente. La conformidad radical o el aplomo absoluto son baluartes que no mueven el mundo. No temas revisar, cambiar o modificar tus metas, si ellas son fuente de sufrimiento ¿De qué otro modo podrías acercarte a la felicidad?

SALVANDO EL AUTOCONCEPTO.
Veamos una guía que puede servirte para salvaguardar tu autoconcepto del autocastigo, la autocrítica y la autoexigencia indiscriminada.

1.    Trata de ser más flexible contigo y con los demás.
Estos indicadores pueden servirte a manera de resumen:
a)    Trata de no ser perfeccionista. Desorganiza un poco a ver qué pasa. Descubrirás que todo sigue más o menos igual.
b)    No rotules ni te autorrotules. 
c)    Concéntrate en los matices. Piensa más en las alternativas y en las excepciones a la regla.
d)    Escucha a las personas que piensan distinto a ti.
Recuerda: si eres inflexible y rígido con el mundo y las personas, terminarás siéndolo contigo mismo.

2.    Revisa tus metas y las posibilidades reales de alcanzarlas.
Si te descubres intentando subir algún monte Everest y te estás angustiando, tienes dos opciones racionales: cambias de montaña o disfrutas el paseo.

3.    No observes en ti solo lo malo.
Si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas”.

4.    No pienses mal de ti.
Afortunadamente no eres perfecto ni tan horrible, aunque te empeñes en serlo. El costo de crecer como ser humano es equivocarse y “meter la pata”: concierne a una ley universal inescapable.

5.    Quiérete la mayor cantidad de tiempo posible.


6.    Trata de acercar tu “yo ideal” a tu “yo real”.
Si has idealizado demasiado lo que deberías ser, lo que eres te producirá fastidio.

7.    Aprende a perder.
Existe una resignación sana cuando los hechos te embisten y puedes verlos objetivamente: persistir testarudamente en una meta suele convertirse en un problema. A veces hay que despertar de los sueños, porque no se harán realidad, y esto no te hace ni mejor ni peor, sino más realista y aterrizado.

Eres una máquina especial dentro del universo conocido, no te maltrates ni te insultes. Para ser exitoso no necesitas del autocastigo.

domingo, 20 de mayo de 2012

LA MUJER QUE DECIDIÓ VENGARSE


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Escrito por WALTER RISO   
Tomado del Libro La Fidelidad es mucho más que Amor
“Nadie sabe cuán dulce es la venganza ni con qué ardor se la puede desear si no ha sufrido la ofensa” Boccaccio
La venganza es rabia y agresión dirigida a reparar alguna lesión física o psicológica. No es defensiva sino retaliativa. Erich Fromm decía que el impotente y el inválido no tienen más que un recurso para restablecer la autoestima si ésta fue lastimada: tomar venganza de acuerdo con la ley del talión: “ojo por ojo”.

Aunque criticable desde el punto de vista ético, al igual que cualquier tipo de violencia, para muchos el desquite posee la visión idealista de la equidad. Atacar defensivamente cuando el daño ya está hecho no tiene mucho sentido desde el punto de vista de la supervivencia física, pero quizá posea cierto efecto psicológico reparador y tranquilizador. La satisfacción y el restablecimiento del honor: la ofensa y la vendetta van de la mano.


Cuando la venganza se coloca a favor del amor maltrecho, los móviles pueden ser muchos: quedar mano a mano, pagar con la misma moneda, herir como nos han herido, la envidia de querer ejercer el mismo derecho o simplemente recuperar el equilibrio del poder: “Me cansé de ser menos que tú”. Un golpe de estado afectivo para nivelar la relación y aplastar a la pareja hasta ponerla por debajo.

Gladys reunió todos estos motivos durante más de veinte años de matrimonio. Cuando se casó, nunca pensó que el atractivo físico de su esposo fuera causa de preocupación o siquiera de un problema. Todo lo contrario. Se sentía afortunada de haber logrado atrapar al más cotizado de los solteros. Y aunque ella no era ninguna reina de belleza, tenía su gracia: “Una negrita adorable”, como solía decirle él, entre cariñoso y compasivo.

Como suele ocurrir, el paso de los años es más benévolo en los hombres que en las mujeres, y especialmente en lo relacionado con la parte física. A Gladys rápidamente la invadieron las arrugas, la celulitis, la caída de los senos, la flacidez del abdomen y dos o tres mechones blancos, evidentemente indiscretos. Para su esposo, el tiempo se había detenido. Era terrible verlo cada día más joven y admirado. Cada cana era un pincelazo sugestivo que aumentaba su encanto. Por alguna extraña razón, no sacaba panza y los músculos mantenían su dureza. Tener un marido “inmortal” se había convertido en la peor tragedia. Debía hacer verdaderos malabares para adecuarse a la estética del señor. Durante un tiempo tuvo la aterradora impresión de que él crecía, es decir, que estaba más alto que antes, hasta que una amiga le hizo ver que la que se achicaba era ella.

Los festejos que seguían al lanzamiento de un nuevo producto se habían convertido en una pesadilla, sobre todo cuando la presentaban como la mujer del patrón. Los más prudentes sonreían atentamente y emitían un sintético: “Ah!... Su esposa…” Al parecer esperaban otra cosa. A lo mejor una ejecutiva de alto vuelo y estatura, más estilizada y con una hoja de vida del tamaño de un directorio telefónico. No es que fuera poco presentable, sino que no parecía encajar con él. Había que reconocer que la profesión de terapista ocupacional especializada en gerontología no se ajustaba al mundo empresarial dinámico, competitivo y un tanto insensible.

Estas reuniones tenían, además, un matiz difícil de sobrellevar: las vampiresas. En esos momentos Gladys sentía que era un estorbo, una piedra en el zapato para casi todas las asistentes. El superyó del grupo, la espía, la guardaespaldas o simplemente la señora del mandamás. Y lo más triste: nadie intentaba seducirla. Nunca había proposiciones indiscretas que pudieran levantar su maltrecho ego. Si un borrachito se le acercaba, no era sino para recordarle lo afortunada que había sido de tener un hombre así.

Gladys conocía al dedillo las aventuras de su marido, las pasadas, las presentes y algunas futuras. Ninguna era relevante ni ponía en peligro la estabilidad matrimonial, pero ocurrían sistemática y consistentemente, aunque con bastante sigilo y moderación. Ella temía perderlo, pero se limitaba a permanecer callada.

Él era muy comprensivo, la trataba cariñosamente y jamás se ofuscaba. Nunca levantaba la voz más allá de los decibeles necesarios, ni hacía mala cara. Una sonrisa blanca y pareja, como en las propagandas de las cremas dentales, acompañaba todo el tiempo el rostro del hombre.

En los viajes al exterior la discrepancia aumentaba: él hablaba perfecto inglés y ella chapuceaba una jerga apenas comprensible. Algo similar sucedía cuando compraban ropa. A Gladys siempre se sobraba o le faltaba tela, había que agarrarle o soltarle, correr botones, subir o bajar. Él era un caso excepcional de talla única: todo le quedaba a la perfección. En más de una ocasión le propusieron modelar, pero no aceptó.

Gladys sabía que la cordialidad y la dulzura de su esposo eran aparentes. Un mensaje cifrado podía leerse siempre: “Has tenido demasiada suerte al estar conmigo…” En una ocasión, ella escuchó el siguiente comentario: “Yo sé que podría haber conseguido a alguien mejor…pero tú sabes… unas cosas por otras… puede que no sea la supermujer, sin embargo ella no molesta… ¿Me entiendes?… Mejor que lo celen a uno, que celar… Mi negrita es adorada”. Al principio se sintió halagada, pero cuando le echó más cabeza al asunto entendió que más bien se trataba de una declaración de superioridad racial y el desaire todavía le taladra.

La vida íntima estaba repleta de vivencias ególatras por parte de su consorte, que no eran percibidas por las demás personas. Se demoraba en la ducha para vestirse y acostarse, y el espejo era su mejor aliado. Cualquier cosa que reflejara la propia imagen llamaba su atención. No era el exhibicionismo ostentoso que utilizan los histriónicos, sino un elegante, perspicaz y casi aristocrático lucimiento.

Gladys era una mujer ardiente y sexualmente activa, que se sentía profundamente atraída por él. Sin embargo, las relaciones sexuales mostraban una preocupante alteración. Consecuente con su actitud narcisista, el hombre era un onanista declarado, es decir, sólo obtenía satisfacción a través de la masturbación. No era eyaculador precoz ni impotente, sino algo peor para una mujer que no se siente amada: eyaculador retardado (más que retardado, lejano). Cada vez que el acto quedaba inconcluso, ella confirmaba que no era deseada.
Así había sobrevivido a la sombra de un hombre exitoso, codiciado por las mujeres y envidiado por los varones. Cuidándole la espalda, apartando admiradoras, tratando de competir con un inalcanzable ideal de mujer e ignorando sus engaños. Estaba cansada y con la sangre en el ojo. Quería desquitarse, ser el centro de atención y verlo por primera vez en una posición más frágil y humilde. Bajarle los humos, traerlo al mundo de los mortales y estar por encima. Otras veces le provocaba borrarle esa expresión de satisfacción trascendental y  remplazarla por una mueca de dolor.

Un día, en el gimnasio al cual Gladys concurría asiduamente esperando el milagro de la figura esbelta, entabló una relación amistosa con el señor especial.
No tan apuesto como su marido, menos sensual, más “normal”, con nariz de boxeador y poco culto, pero con un atributo inigualable y fascinante: era el dueño de la competencia. El propietario de la única fábrica que le quitaba ventas y literalmente ponía a temblar a su esposo. Lo mejor de todo: ella le gustaba. Esa primera vez no le dijo quién era, no quería inhibir el ímpetu y el entusiasmo que mostraba el pretendiente, ni tampoco asustarlo. Así comenzaron a verse y a conversar. De manera regular asistían a sus prácticas de aeróbicos y pesas, él cada vez más puntual y ella cada vez con menos ropa. El empezó a admirarla sin descuidar nada, y ella a creerle el cuento.

Un día la invitó a salir y Gladys aceptó. Estando en el lugar se besaron a quemarropa y se invadieron mutuamente hasta que ella no tuvo más remedio que confesarle su procedencia. Contrariamente a lo esperado, el arrebato fue mayor y de ahí salieron directo a un motel. Fue como echarle gasolina a la hoguera.

A partir de ese momento la relación adquirió una doble sincronía: deseo y venganza. El sentía una complacencia adicional: no era cualquier mujer, sino la de su enemigo comercial. Ella sentía un gusto similar: no era cualquier hombre, sino el principal dolor de cabeza de su compañero. Una mezcla entre mercadeo, sexo, perversidad e indemnizaciones retrospectivas.
El marido aún no sabe que tiene cuernos. Mientras tanto, ella prefiere degustar el postre en bandeja de plata. Hay cierto placer subversivo en saber aquello que él ni se imagina. El superhombre, el intocable, está siendo secretamente vulnerado en su amor propio y en el más estricto anonimato.


Para tener en cuenta.
La venganza es violencia placentera. El agresor la percibe como un acto de defensa personal moralmente válido, una clase de sadismo instrumental y justificado, pero en realidad es un comportamiento de conservación a destiempo y fuera de lugar. Ya pasó el ataque.

La complacencia en obtener igualdad a través de la destrucción del otro es un fenómeno exclusivamente humano, producto de la mente y, claro está, del ego. Existe una inmadurez latente en quienes están dispuestos a lograr el desagravio a cualquier precio. Como los niños que movidos por la envidia o la ira rompen los juguetes del otro.


Cabe preguntarse si los que deciden vengarse por despecho y desamor no estarán tratando de perdonarse a sí mismos la cobardía, o la incapacidad, de haber permanecido donde no debían haber estado. La gente que logra mantener relaciones de pareja asertivas, directas, francas, no temerosas y sin postergaciones, no permite que el resentimiento prospere y la venganza deja de ser funcional. Definitivamente es mejor reaccionar y defenderse a tiempo, algo que Gladys no supo hacer.


Cuando intentamos protegernos de la traición y el maltrato psicológico con las mismas armas de quienes nos han dañado, caemos en la trampa de identificarnos con el transgresor. Cuando atacamos la deslealtad con deslealtad, la mentira con mentira, la deshonestidad con deshonestidad, perdemos autoridad moral. Nos contaminamos de lo mismo que queremos limpiar. La infidelidad no admite contabilidades ni sistemas de compensación, sino exclusión y determinación.
O perdono, o me voy.

UN VIDEO MOTIVADOR

USEN PROTECTOR SOLAR
http://youtu.be/YDRId6QmNTA

lunes, 30 de abril de 2012

EL CEREBRO HUMANO SIGUE EVOLUCIONANDO

Uno de los mitos sobre el cerebro humano dice que sólo usamos el 10 % de su capacidad. No es cierto. La idea nació en los años 30 a raíz de un estudio que fue malinterpretado y difundido luego para afianzar argumentos de supuestos "videntes", quienes afirmaban que ellos podían "usar" un poco más que eso. Pero al cerebro no le hacen falta misterios falsos para seguir primero en el ranking de las rarezas. Cuanto más lo estudian, más enigmas aparecen.

La nueva revelación, publicada por la revista "Science", provocó un gran impacto en la comunidad científica. En el Instituto Médico Howard Hughes, en la Universidad de Chicago, un grupo de investigadores dirigido por Bruce Lahn demostró hace poco que el cerebro humano continúa evolucionando. Es decir que su proceso de cambios no se detuvo —como se pensaba hasta ahora— hace unos 50 mil años.


Por eso, dentro de 100 mil o de un millón de años, según expertos en evolución, tendremos otra cabeza. ¿Más inteligente? ¿Más reflexiva? ¿Menos dura? Consultados por Clarín, expertos mundiales en arqueología, tecnología, neurología y neuropsicología, intentan develar incógnitas.


"Los dos mecanismos básicos de la evolución operan en el cerebro humano. Por un lado, la variabilidad genética (las mutaciones) y por otro, la selección natural. Lo que no es predecible es en qué dirección cambiará. Puede que lo haga, como hasta ahora, aumentando su masa y su peso, y por ende, cambiando su funcionamiento. También puede cambiar reconfigurando los códigos de tiempos con los que opera", comenta desde España, Francisco Mora Teruel, del Departamento de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid, autor de "Cómo funciona el cerebro".


Bruce Lahn, director del estudio que confirmó la continuidad evolutiva, no tiene dudas: "Se volverá más complejo. Probablemente también será más grande. Es lo que puedo suponer teniendo en cuenta cuál fue la tendencia pasada", afirma desde su laboratorio de Genética Humana de la Universidad de Chicago.


Pentti Malaska, experto en tecnologías del futuro, plantea nuevos enfoques desde Finlandia. "Todo indica que el cerebro no será el mismo porque lo que conocemos como futuro es algo que existe fisiológicamente en el lóbulo frontal, que es una de las partes del cerebro que evolucionó más tarde". Malaska afirma en uno de sus escritos, "El futuro de la Humanidad", que las principales modificaciones en los cráneos de los homínidos (antecesores del hombre actual) se produjeron en etapas de 100.000 años, por lo que el próximo período de cambio no estaría tan lejos.


En Portugal, el arqueólogo Joao Zilhao, acostumbrado a toparse con pruebas contundentes del pasado, también arriesga su visión: "Para explicar lo que pasó con la Humanidad en los últimos siglos no es necesario invocar un mecanismo de causalidad biológica. El hardware (la maquinaria cerebral y su organización interna) puede haberse mantenido inalterable. Lo que cambió fue el software, o cantidad de información que el cerebro colectivo (es decir, la cultura) puede ir acumulando. No sé si el hombre será más inteligente. Creo que en 100 mil años ya no existirá como especie, se extinguirá", sostiene.


Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva, de la Argentina, abreva en un punto polémico: la inteligencia. "Si definimos a esa capacidad como la flexibilidad conductual o cognitiva para generar situaciones novedosas, se podría especular que un desarrollo mayor de combinaciones de procesos cognitivos complejos podrían actuar como saltos en la evolución cerebral, produciendo más conexiones entre sistemas neurales y una mayor inteligencia", revela.


Otro argentino, Roberto Sica, Jefe de Neurología del Hospital Ramos Mejía, en cambio, se detiene en la sorpresa. Dice que la especie humana es una de las que ha evolucionado de manera más espectacular. "Desde los cerebros iniciales, que no superaban los 500 gramos, a los actuales que triplican ese peso, hubo una evolución estructural que dio como resultado la sociedad que conocemos —explica— . El cerebro podría evolucionar hacia una 'armonía ética' y nuestra especie, hacia un 'hombre moral'".


Mientras las reflexiones cruzan océanos, en laboratorios del mundo, las investigaciones para revelar más misterios del cerebro no se detienen. Evolucionan.


El buen pensar

Daniel Dos Santos
ddossantos@clarin.com

A los humanos el cerebro nos funciona a las mil maravillas. Tanto que cada vez sabemos más sobre este órgano multifunción. La pasión científica por conocer nos llevó a identificar, por caso, que parte del mismo controla la memoria para los hábitos y actividades motoras, dónde se regula la capacidad de dormir y en qué zona reside la coordinación del movimiento voluntario. También, con el cerebro, creamos juegos de palabra que involucran el término con distinta suerte, entre ellas "cerebro de pajarito" y "fuga de cerebros". Sin embargo, el centro del buen pensar parece ubicarse en otro lado. Y a juzgar por lo malo que le pasa al mundo y a nosotros, bastante peor nos funciona el corazón.


Las emociones del bebé


Es un gran enigma en un cuerpo pequeño. Las últimas novedades sobre el cerebro de los bebés sugieren que hoy es posible saber más detalles sobre su funcionamiento gracias a las técnicas de monitoreo cerebral y a través de sensores de reconocimiento facial.


Los investigadores del BabyLab del Centro de Estudios del Desarrollo Cognitivo, en Inglaterra, revelaron que antes del desarrollo del lenguaje, uno de los hitos en el desarrollo cognitivo, son capaces de diferenciar emociones como la solidaridad o el cariño. Confirmaron, además, que miradas, llantos, sonrisitas y hasta pucheros responden a una estructura emocional compleja.


¿Ese conocimiento le sirve a los padres? Sí porque una de las conclusiones revela que el ser humano en esos primeros meses de vida precisa sentirse tocado, abrazado, en fin, mimado. Y esa necesidad va más allá de los afectos porque influye en su desarrollo. En síntesis: cuantas más veces abrace a su hijo, mejor.


Durante el sueño, procesa información


El cerebro humano, igual que algunos maxikioscos, está "abierto" las 24 horas: continúa procesando información aún mientras dormimos. En el laboratorio de psiquiatría de la Universidad de Wisconsin—Madison verificaron que en la etapa conocida como de sueño profundo, el cerebro asimila y consolida lo aprendido.


El estudio fue comandado por el investigador suizo Reto Huber, quien logró ver que durante la fase NREM (sueño sin movimiento rápido de los ojos, según su sigla en inglés) las neuronas producen periódicamente ondas eléctricas lentas. Ondas que ayudan a optimizar el proceso de aprendizaje.


En la misma universidad, pero en el laboratorio del profesor Giulio Tononi, divulgaron la semana pasada lo que se conoce como relación entre cerebro y sueño. La premisa fue: si ya se sabe que el cerebro "trabaja" 24 horas, qué sucede durante ese período en donde supuestamente el ser humano duerme. ¿Qué pasa, por ejemplo, con la conciencia?


Tononi y su equipo sabían, porque eso ya se había comprobado antes, que la conciencia se desvanece cuando nos dejamos ganar por el sueño. El mecanismo de investigación fue el mismo: con voluntarios que fueron monitoreados mientras estaban despiertos o dormidos.


Primero dirigieron impulsos eléctricos breves, generados magnéticamente, a zonas específicas del cerebro. Esos pulsos estimularon una respuesta electroquímica en las células, cuyas ondas viajaron a distintos lugares de la masa cerebral mientras el individuo estaba despierto. La novedad sobrevino durante el sueño profundo: se comprobó que la misma respuesta no se transmitía más allá de las células estimuladas.


El profesor Tononi lo resumió así: "Durante el sueño profundo, el cerebro se divide en pequeñas islas que no pueden comunicarse entre sí". Por eso, la conciencia se desvanece, pero eso no impide que como en todo maxikiosco 24 horas, las "máquinas" sigan trabajando.

viernes, 13 de abril de 2012

EPILEPSIA Y EL EFECTO MOZART

Tomado de  http://neurociencias.blogcindario.com/2006/01/00055-epilepsia-y-efecto-de-mozart.html

Pueden mirar el articulo directamente en el siguiente Link

Científicos del Royal College of Physician descubrieron que la música, particularmente la de Mozart, puede tener efectos curativos para la epilepsia.
Las investigaciones mostraron que pequeños trozos de la sonata K448 de Mozart disminuyen las posibilidades de ataques epilépticos.

Actualmente se realizan más investigaciones para investigar el efecto curativo de otras melodías. "Escuchar a Mozart ha despertado nuevas esperanzas para el tratamiento de la epilepsia" dijo John Jenkins, miembro del Royal College of Physician


El profesor John Jenkins reveló que investigaciones internacionales en músico-terapia sugieren que es muy probable que otras músicas puedan tener el "efecto Mozart" en el tratamiento de enfermedades.

En entrevista con la BBC, Jenkins dijo que Mozart y Bach poseen similares estructuras y, por ende, beneficios.

Pacientes que fueron expuestos a 10 minutos de música y luego evaluados, demostraron incrementar las habilidades espaciales, tales como el cortar y doblar papel.


Estudios realizados en ratas arrojaron que aquellas que habían escuchado la sonata K448 eran capaces de salir de un laberinto más rápido que aquellos que eran expuestos a música minimalista o a ningún tipo de música.


Pruebas especiales


En otras investigaciones, se comprobó que los niños que recibían clases de piano por seis meses, aprendiendo melodías sencillas que incluían las de Mozart, resolvían mejor los exámenes que aquellos que dedicaban su tiempo a trabajar en computadores.


Respecto a estudios similares que han arrojado resultados diferentes respecto al efecto de la música, el profesor Jenkins señaló que "existen suficientes elementos que justifican realizar más investigaciones".


"Escuchar a Mozart ha despertado nuevas esperanzas para el tratamiento de la epilepsia", dijo Jenkins.


Los estudios sobre los efectos de la música exploran las maneras como afecta las diferentes partes del cerebro la audición de la música.


Jenkins destacó que los estudios respecto a los efectos terapéuticos de la música en el tratamiento de la epilepsia o "efecto Mozart" deben continuar y p
rofundizarse

martes, 10 de abril de 2012

MOZART Y EL NEURODESARROLLO EN LOS BEBES

¿Quien fue Mozart y por que influye en el neurodesarrollo?
 
Durante los años ochenta y noventa las revistas científicas de todo el mundo comenzaron a publicar estudios que demostraban que la música:

1. modifica realmente la estructura del cerebro en el desarrollo del bebé en gestación;

2. que los bebés reconocen y prefieren la música que oyeron por primera vez en el vientre de sus madres;
3. que el coeficiente intelectual aumenta entre los niños que reciben instrucción musical regularmente;
4. que media hora de música mejora el funcionamiento del sistema inmunitario en los niños;
5. que la música alivia el estrés, favorece la interacción social, estimula el desarrollo del lenguaje y mejora las habilidades motoras de los niños pequeños.

Además de todo ello es sabido que la música puede reflejar las emociones de los niños, medio comprendidas y que los ayuda a aprender a expresar lo que sienten.


¿Puede la música potenciar la inteligencia de tu hijo? Ciertamente puede aumentar el número de conexiones neuronales en su cerebro en desarrollo, estimulando por lo tanto sus habilidades verbales. Puede enseñar buenos hábitos de estudio, y ayudarle en la comprensión de las matemáticas.


La música habla un lenguaje que los niños entienden instintivamente. Por todo ello la música es fundamental para enriquecer el desarrollo de nuestros hijos.


¿Por qué Mozart?


¿Por qué la música de Mozart funciona mejor que la de otros compositores? Estudios probaron que su música posee propiedades únicas. En las últimas décadas se han realizado muchísimos estudios sobre los efectos de la música. Los resultados de los estudios con música de Mozart han sido especialmente sorprendentes y han dado origen a la expresión “Efecto Mozart”.


Está claro que los ritmos, melodías y altas frecuencias de la música de Mozart estimulan y recargan las regiones creativas y motivadoras del cerebro. Lo esencial en la grandeza de Mozart es que todos sus sonidos son puros y simples. Mozart no teje un deslumbrante tapiz como el gran genio matemático Bach; no levanta oleadas de emociones como el atormentado Beethoven. Sin embargo, su música es a la vez profundamente misteriosa y accesible y, por encima de todo, no contiene astucia. Es ingeniosa y simple a la vez. Por todo ello tiene un efecto positivo en los bebés ya que los relaja a la vez que los mantiene atentos siendo éste el mejor estado para aprender.

lunes, 2 de abril de 2012

MORIR POR AMOR

Tomado del Libro "Mujeres que aman demasiado", escrito por Robin Norwood
 
"Todos cada uno de nosotros,
estamos llenos de horror .Si te casas
para espantar tu horror, sólo lograrás
casar tu horror con el de otra persona;
los dos horrores tendrá el matrimonio,
tu sangrarás y llamarás a eso Amor." Michael ventura, “Bailando con la propia sombra de la zona matrimonial”
 
Fumando un cigarrillo tras otro, con los hombros erguidos y tensos, Margo movía la pierna cruzada rápidamente hacia delante y hacia atrás, y su pie daba un impulso extra al final de cada oscilación, Estaba sentada muy tiesa, inclinada hacia delante, junto a la ventana en la sala de espera, mirando fijamente uno de los paisajes más bellos del mundo: Los techos de tejas rojas de Saint Bárbara trepaban las colinas
azules y púrpuras sobre el océano, pero la escena ligeramente teñida de rosa, y oro en aquella cálida tarde de verano, no lograba comunicar su tranquilidad española al rostro de Margo. Parecía una mujer apresurada, y en efecto lo era.
Cuando le señale el camino, se movió con rapidez, con sus
tacones golpeando en el suelo; entro en mi consultorio y se sentó, nuevamente al borde de la silla, y me clavo la mirada.
_ ¿Cómo sé si usted me va a ayudar? Nunca hice esto de venir a hablar con alguien sobre mi vida. ¿Como se si valdrá el tiempo y el dinero?
Yo sabia que también trataba de preguntarme: “ ¿ Como se si
puedo confiar en que usted se interese por mí si lo dejo ver como soy en realidad ¿” Por eso. Con mi respuesta intente contestar ambas preguntas.
- La terapia requiere una inversión de tiempo y dinero: pero la gente nunca viene, siquiera a su primer consulta, a menos que en su vida este sucediendo algo muy temible o muy doloroso, algo que ya se han esforzado por dominar pero nunca lo han logrado. Nadie viene por casualidad a ver a un terapeuta. Estoy segura de que tú debes de haberlo pensado mucho antes de decidirte a venir.
 
La precisión de esa declaración pareció aliviarla un poco, y se
permitió recostarse en la silla con un leve suspiro.
-Tal vez debí hacer esto hace quince años, o antes, pero ¿cómo sabía que necesitaba ayuda? Yo creía que me iba bien. Y en algunos aspectos así era.....inclusive ahora. Tengo un buen empleo y gano un sueldo decente. _ Se detuvo de pronto y luego, con actitud más reflexiva, prosiguió_: A veces es como si tuviera dos vidas. Voy a trabajar y soy brillante e inteligente, me respetan. La gente me pide consejos y me da mucha responsabilidad, y me siento adulta, capaz y segura de
mí misma. - Miro al techo y trago saliva para controlar su voz. _ Después vuelvo a casa y todo es como una novela larga y de mala calidad. Es tan mala que si, fuera un libro, no lo leería. Demasiado cursi, ¿sabe? Pero aquí estoy, sin poder dejar de vivirla. Ya estuve casada cuatro veces, y apenas tengo treinta y cinco años. ¡Apenas ¡ Dios mío, me siento muy vieja. Comienzo a tener miedo de no poder nunca arreglar mi vida, y de que se me acabe el tiempo. Ya no soy tan joven ni tan bonita. Me asusta la idea de que nadie más me quiera, de haber gastado todas mis oportunidades y de que ahora siempre estaré sola.
 
El miedo que reflejaba su voz concordaba con las arrugas de su preocupación que se marcaron en su frente al expresar esto. Tragó saliva varias veces y parpadeó con fuerza.
 
-Sería difícil decir cuál de mis matrimonios fue el peor .Todos
fueron desastrosos, pero en distinta forma. “Mi primer marido y yo nos casamos cuando yo tenía 20 años. Me era infiel antes de casarnos y también después. Yo creía que al estar casados sería distinto, pero no fue así. Cuando nació nuestra hija yo estaba segura de que eso lo frenaría un poco, pero surtió el efecto contrario. Permanecía más tiempo fuera de casa. Cuando estaba con nosotras era muy malo, Yo podía soportar que me gritara, pero cuando empezó a castigar al a
pequeña Autumn por nada y por todo decidí interferir. Al ver que esto no daba resultado, me marche y me llevé a mi hija. No fue fácil porque ella era muy pequeña y yo tenía que  buscar trabajo. Él nunca nos dio ninguna clase de apoyo, yo tenía miedo de que nos causara problemas para que yo no acudiera al fiscal del distrito o algo así. No podía volver a casa de mis padres, porque habría sido igual que mi matrimonio. 

-Mi padre abusaba mucho de mi madre, tanto físico como verbal mente y también de mis hermanos y de mí. Cuando
era niña siempre estaba escapando .Finalmente, me fugué y me casé para salir de allí por eso estaba decidida a no volver.
“Tardé dos años desde que me marché en reunir coraje para
divorciarme de mi primer marido. No podía hacerlo hasta haber encontrado otro hombre. EL abogado que manejó mi divorcio terminó convirtiéndose en segundo esposo. Era bastante mayor que yo y también acababa de divorciarse. No creo que estuviera verdaderamente enamorada de el, pero quería estarlo y creí haber encontrado a alguien que podría cuidarnos a Autumn y a mi. Hablaba mucho de que quería volver a empezar en la vida, iniciar una nueva familia con alguien a quien pudiera amar de verdad. Creo que me sentí
halagada de que sintiera eso por mi. Me casé al día siguiente de terminar el divorcio. Todo saldría bien, estaba segura. Conseguí un buen preescolar para Autumn y reanudé mis estudios. Mi hija y yo pasábamos las tardes juntas, luego yo hacía la cena y volvía a la universidad para las clases nocturna. Por las noches Dwayne se quedaba en casa con Autumn, haciendo trabajos legales. Una mañana en que estábamos solas, Autumn dijo algunas cosas que me hicieron comprender que algo horrible, algo sexual estaba ocurriendo entre ella y Dwayne.  En ese tiempo yo también sospechaba que estaba embarazada, pero esperé hasta el día siguiente, como si todo estuviera normal, y después que Dwayne fuera a trabajar puse a mi hija y todo lo nuestro en mi automóvil y me marche. Le escribí una nota en la que hablaba lo que me había dicho Autumn y le advertí que no tratara de encontrarnos o revelaría lo que le había hecho a la niña. Yo tenía tanto miedo de que tuviera alguna forma de encontrarnos y hacernos volver que decidí que, si estaba embarazada, no se lo diría ni le pediría nada. Solo quería que
nos dejara en paz.
-“Por supuesto que sí averiguó adónde vivíamos y me envió una carta, sin ninguna referencia a Autumn. En cambio me culpaba por haber sido fría e indiferente con él, porque lo dejaba solo mientras iba a estudiar por las noches. Durante mucho tiempo me sentí culpable por eso, pensando en lo que había pasado a Autumn era mi culpa. Yo creía que mi hija estaría bien y en cambio la había puesto en una situación horrible.
 
Una expresión perturbada cubrió el rostro de Margo al recordar aquella vez.
-Por suerte encontré una habitación en una casa con otra joven madre. Ella y yo teníamos mucho en común. Ella y yo nos habíamos casado muy jóvenes y proveníamos de hogares infelices. Nuestros padres se parecían mucho, al igual que nuestros primeros esposos. Pero ella había estado casada una sola vez.. Margo sacudió la cabeza y prosiguió.- La cuestión es que cuidábamos a nuestros respectivos bebés, y eso nos permitía continuar con los estudios y salir. Sentía más libertad que nunca en mi vida, aunque resulto que sí estaba embarazada.  Dwayne aún no lo sabía y yo nunca se lo dije. Recordaba todas sus historias sobre las maneras en que podía causar problemas a la gente dentro de lo legal, y sabía que conmigo también podría hacerlo. No quería nada más que ver con el. Antes de casarnos, esas historias me habían hecho que era fuerte. Ahora me daban miedo de él.
-“Susie mi compañera de cuarto, me preparó para el parto natural con mi segunda hija, Darla. Parece una locura, pero fue unos de los mejores momentos de mi vida. Éramos tan pobres, estudiábamos, cuidábamos a nuestros bebes, comprábamos ropa en las tiendas baratas y comida con cupones. Pero éramos libres. - Se encogió de hombros. - Sin embargo, yo estaba muy inquieta. Quería un hombre en mi
vida. Conservaba la esperanza de encontrar a alguien que hiciera que mi vida fuese como yo la quería. Aún siento lo mismo. Quiero aprender a encontrar a alguien que sea bueno para mi. Hasta ahora no me ha ido muy bien en eso.

- El rostro tenso de Margo, aún bonito pero muy delgado, me miró con expresión de ruego. ¿Podría yo ayudarla a encontrar y conservar a un señor maravilloso ¿ Esa era la pregunta escrita en aquella cara, la razón por la que había acudido a la terapia.

- Margo continuo con su saga. El siguiente jugador en su torneo matrimonial fue Giorgio, que conducía un convertible Mercedes Benz color blanco y se ganaba la vida proveyendo cocaína a algunas de las narices más adineradas de Montecito. Desde el comienzo, su relación con Giorgio fue como un paseo en la montaña rusa, y pronto Margo no podía distinguir entre la química de la droga que él le proporcionaba con tanta generosidad y la química de su relación con aquel hombre moreno y peligroso. De pronto su vida era veloz y sofisticada. También era muy dura para ella, física y emocionalmente. Su temperamento se alteró. Regañaba a sus hijas por pequeñeces. Sus frecuentes peleas con Giorgio se convirtieron en batallas físicas. Después de quejarse incansablemente a su compañera de cuarto por la desconsideración, la infidelidad, y las actividades ilegales de Giorgio, Margo se asombró cuando Susie finalmente le dio un ultimátum. Olvidaba a Giorgio o se iba de esa casa. Susie ya no quería escucharlo ni verlo. Esa decisión no fue buena para Margo y para sus hijas. Margo exasperada volcó a los brazos de Giorgio. El permitió que ellas y sus hijas se mudaran a la casa dónde hacía la mayor parte de sus transacciones, con la condición implícita de que el arreglo era temporal. Poco después lo arrestaron por venta de drogas. Antes del juicio Giorgio y Margo se casaron, aunque para entonces sus enfrentamientos casi siempre llegaban al borde del punto de ebullición.
La razón que dio ella para su tercera decisión de casarse fue la presión de Giorgio sobre ella para que, al convertirse en esposa no le pudieran pedir que atestiguara en su contra. La tentación de atestiguar era un la posibilidad clara, dada la naturaleza inflamatoria de sus enfrentamientos y la persistencia del fiscal. Una vez que se casaron el desgraciado de Giorgio se negó a tener relaciones sexuales con ella
porque, según decía, se sentía atrapado. A la larga se anuló el
matrimonio, pero no antes de que Margo consiguiera al número cuatro, un hombre cuatro años menor que ella que nunca había trabajado porque siempre había estado estudiando. Margo se dijo que este estudiante serio seria justo lo que ella necesitaba, después de su catástrofe con Giorgio, y para entonces le aterraba la idea de estar sola.
 
Margo trabajaba y mantenía a ambos, hasta que el se marchó para ingresar a una comunidad religiosa. Durante ese cuarto matrimonio, Margo había obtenido una considerable suma de dinero por la muerte de un familiar y permitió que su esposo tuviera acceso a ese dinero con la esperanza que con ese gesto demostrara su lealtad, confianza y amor por él./los cuales el cuestionaba todo el tiempo). El dio la mayor parte del dinero de Margo a la comunidad y después le aclaró que ya no deseaba estar casado con ella y que no quería que ella lo siguiera allí, pues la culpaba por el fracaso de su matrimonio por ser tan “mundana”.

Esos acontecimientos habían marcado profundamente a Margo y aún así estaba ansiosa por conocer al número cinco, con la seguridad de que tal vez de que todo saldría bien si lograba hallar al hombre adecuado. Recurrió a la terapia demacrada y con los ojos hundidos.  Estaba totalmente fuera de contacto con su eterno patrón de relacionarse con hombres imposibles, hombres en que no confiaba o que no le agradaban. Si bien había admitido que hasta entonces no
había tenido suerte al elegir maridos, no tenía conciencia de la manera en que sus propias necesidades la habían atrapado en cada desastre matrimonial.

El cuadro que presentaba era alarmante .Además de estar
demasiado delgada, sus úlceras hacían que el hecho de comer fuera para ella una tortura auto impuesta, en las raras ocasiones en que tenía apetito, Margo exhibía una cantidad de otros síntoma, nerviosos, relacionados con la tensión. Estaba pálida (confirmó que estaba anémica), con las uñas muy comidas y el cabello seco y quebradizo.  Describió problemas de eczema, diarrea e insomnio. Su presión sanguínea era demasiado alta para su edad y su nivel de energías era alarmantemente bajo.
- A veces me cuesta demasiado levantarme e irme a trabajar. He usado todas mis licencias por enfermedad para quedarme en casa llorando. Me siento culpable si lloro si las niñas están en casa, por eso es un alivio descargarme cuando las niñas están en la escuela. En realidad no sé por cuánto tiempo podré seguir así.  Informó que sus dos hijas tenían problemas en la escuela en lo académico y en lo social. En casa se peleaban constantemente y Margo se enfadaba con rapidez. Aún recorría con frecuencia a la cocaína para levantar su estado de ánimo como acostumbraba hacerlo en sus días con Giorgio, era algo que mal podía permitirse, económica y físicamente.  Sin embargo unos de estos factores  preocupaban a Margot tanto como el hecho de estar sin pareja. Desde la adolescencia, en toda su vida nunca lo había estado. Cuando niña había peleado con su padre y, ya adulta en una u otra forma, había peleado con todas sus parejas.
 
Ahora hacía cuatro meses que estaba sola y era solo por su triste historia que se encontraba tan reacia a buscar otro hombre como a quedarse quieta consigo misma.
Muchas mujeres, debido a realidades económicas opresivas,
sienten que necesitan un hombre que las mantenga, pero no era ese el caso de Margot. Ella tenía un empleo con buena paga haciendo un trabajo que le gustaba. Ninguno de sus maridos la había mantenido a ella ni a sus hijas. Su necesidad de otro hombre apuntaba a otra dirección. Era adicta a las relaciones y a las malas. En su familia de origen había habido abuso para con su madre, hermanos y ella misma. Había problemas de dinero, inseguridad y sufrimiento. La tensión emocional de esta clase de niñez había dejado profundas marcas en su psiquis.
 
En primer lugar, Margo sufría de una grave depresión subyacente, presente siempre en mujeres con historias similares. Irónicamente debido a esa depresión además de los papeles ya conocidos que ella podía jugar con cada pareja, Margo se sentía atraída hacia hombres que eran imposibles: abusivos, imprevisibles, irresponsable o insensibles. En este tipo de relaciones habría muchas discusiones, incluso peleas
violentas salidas dramáticas y reconciliaciones, períodos de espera con tensión y miedo. Podría haber serios problemas de dinero e incluso con la ley. Mucho drama., mucho caos. Mucha excitación. Mucha estimulación.
 
- Suena agotador, ¿verdad? Claro, a la larga lo es pero sucede
cuando se usa cocaína u otro elemento estimulante poderoso, a corto plazo estas relaciones proporcionan una estupenda vía de escape, una gran distracción, y por cierto una máscara más para la depresión. Es casi imposible experimentar depresión cuando estamos muy excitados ya sea en forma positiva o negativa, debido a los elevados niveles de adrenalina que se libera y nos estimulan.
Pero una exposición demasiado prolongada a una excitación
fuerte agota la capacidad de respuesta del cuerpo, y el resultado es una depresión más profunda que la anterior, esta vez con una base tanto física como emocional (*). Muchas mujeres como Margo, debido a sus historias emocionales de haber vivido con episodios constantes y/o severos de tensión en la niñez1. (También porque a menudo es probable que hayan heredado una vulnerabilidad bioquímica a la depresión por parte de un progenitor alcohólico o en general bioquímicamente ineficaz) son básicamente depresiones incluso antes de iniciar sus relaciones amorosas en la adolescencia y la adultez. Es
posible que tales mujeres busquen el poderoso estímulo de una relación difícil y dramática a fin de obligar a que sus glándulas liberen adrenalina: una práctica similar al hecho de azotar a un caballo cansado para que la pobre bestia exhausta camine unos kilómetros más. Es por eso que cuando se elimina el fuerte estímulo que constituye el comprometerse en una relación dañina, ya sea porque la relación llega a su fin o porque el hombre empieza a recuperarse de sus problemas y a relacionarse con ella en una forma más sana, una mujer de ese tipo por lo general se hunde en la depresión, cuando está sin pareja, o bien trata de revivir la última relación fracasada o busca con frenesí otro hombre difícil en quién concentrarse, porque necesita con
desesperación el estímulo que el le proporciona. Si en el hombre comenzara a enfrentar solo sus propios problemas de forma más sana, es probable que ella encontrara de pronto ansiando hablar a alguien más excitante, más estimulante, a alguien que le permita evitar el enfrentamiento con sus propios sentimientos y problemas.

Nuevamente, el paralelismo del uso de una droga y su
interrupción resultan obvios. Para evitar sus propios sentimientos, ella literalmente se “inyecta “con un hombre, utilizándole como su droga escape. Para que se produzca la recuperación, ella debe obtener el apoyo para afirmarse y permitir que vengan los sentimientos dolorosos.
No es una exageración comparar este proceso con lo que se produce cuando el adicto a la heroína interrumpe su consumo de golpe y en forma total. El miedo, el dolor y la inquietud son enormes y la tentación de recurrir a otro hombre, a otra inyección, es igualmente grande.

Una mujer que utiliza al hombre como una droga hará de su
relación con el algo tan negativo como cualquier adicto a una
sustancia química. Experimentará el mismo grado de resistencia y miedo a desembarazarse de la sustancia y del hombre. Pero en general si se la enfrenta con suavidad y firmeza en algún momento reconocerá el poder de su adicción a las relaciones y sabrá que está en un patrón de
conducta sobre el cual ha perdido el control.
 
El primer paso para tratar a una mujer con éste problema es
ayudarla a comprender que, al igual que a cualquier adicto, sufre de un proceso de enfermedad que es identificable, que es progresiva sin tratamiento y que responde bien al tratamiento específico. Ella necesita saber que el adicto al dolor y la familiaridad de una relación insatisfactoria, que es una enfermedad que afecta a muchísimas mujeres y que tiene su origen en las relaciones perturbadas de la niñez.

Esperar que alguien como Margo descubra por si sola que es una mujer que ama demasiado, cuya enfermedad es cada vez más grave y a la larga, puede costarle la vida, es tan inapropiado como escuchar todos los síntomas típicos de cualquier otra enfermedad y luego esperar que la paciente adivine cual es su enfermedad y su tratamiento. Más pertinente aún es tan improbable que Margo, con su enfermedad en particular y la negación que la acompaña, pudiera auto diagnosticarse, como lo es en un alcohólico igualmente enfermo pudiera auto diagnosticarse con precisión. Tampoco podría ninguno de ellos esperar recuperarse solo, o simplemente con la ayuda de un medico o
terapeuta, porque la recuperación requiere que dejen de hacer lo que parece proporcionarles alivio.
 
La terapia sola no ofrece una alternativa de apoyo adecuado
para la dependencia del alcohólico, con la droga o de la adicta a las relaciones con su hombre.
Cuando alguien ha estado practicando una adicción y trata de
ponerle fin, se crea un enorme vacío demasiado grande para ser llenado por una hora de sesión con un terapeuta una o dos veces por semana. Debido a la tremenda ansiedad que se genera cuando se interrumpe la dependencia de la sustancia o la persona, hay que tener un acceso constante a cierto apoyo, consuelo y comprensión. La mejor manera de obtener esto es con personas que han pasado por el mismo proceso doloroso.

sábado, 31 de marzo de 2012

DESESPERANZA APRENDIDA

Uno de los conceptos psicológicos más importantes de los últimos años, es el de “desesperanza aprendida”, que es un estado de pérdida de la motivación, de la esperanza de alcanzar los sueños, una renuncia a toda posibilidad de que las cosas salgan bien, se resuelvan o mejoren. ¿Cómo evitar y superar tan perjudicial emoción? Siga leyendo.

La vida humana, dependiendo de cómo se viva y de nuestra manera de relacionarnos con el mundo, puede ser una sucesión de experiencias hermosas, nutritivas y significativas que nos permitan alcanzar plenitud y paz. También es posible, sin embargo, que esas experiencias resulten frustrantes, dolorosas y desalentadoras.

Que sea de una manera o de otra depende de causas diversas que pueden ser de tipo biológico, psicológico o cultural. Las predisposiciones innatas de corte genético pueden degenerar en limitaciones de la capacidad funcional física o mental; los aspectos sociales o políticos, pueden hacer que nos veamos envueltos en grandes carencias de recursos necesarios para sobrevivir o en guerras que reduzcan al mínimo la calidad de vida. Aquí, sin embargo, se hará referencia a un tercer factor, el psicológico, como agente causal principal para la reducción del éxito y la felicidad. En especial, se hará referencia a una categoría, concepto o constructo psicológico que se dado en llamar: “desesperanza aprendida”.

En términos generales, la desesperanza es considerada un pesar, una enfermedad, una maldición de gran potencia limitante. El filósofo Nietzsche, la consideraba “la enfermedad del alma moderna”. Puede decirse que es un estado en el que se ven debilitados o extinguidos, el amor, la confianza, el entusiasmo, la alegría y la fe. Es una especie de frustración e impotencia, en el que se suele pensar que no es posible por ninguna vía lograr una meta, o remediar alguna situación que se estima negativa. Es una manera de considerarse a la vez: atrapado, agobiado e inerme.

Desesperanza no es ni decepción ni desesperación. La decepción es la percepción de una expectativa defraudada, la desesperación es la pérdida de la paciencia y de la paz, un estado ansioso, angustiante que hace al futuro una posibilidad atemorizante.  La desesperanza, por su parte, es la percepción de una imposibilidad de logro, la idea de que no hay nada que hacer, ni ahora, ni nunca, lo que plantea una resignación forzada y el abandono de la ambición y del sueño. Y es justamente ese sentido absolutista, lo que le hace aparecer como un estado perjudicial y nefasto.
 
Martin Seligman, creador de una corriente psicológica conocida como “Psicología Positiva”, estudió a fondo este tema, y junto con un destacado colaborador, Steven Maier sometieron a un grupo de perros a un experimento en el que se les aplicaba descargas eléctricas, impredecibles e incontrolables.
Entre sus conclusiones, reportaron que los animales se vieron impedidos de predecir o controlar el estímulo doloroso, por lo cual perdieron su motivación y lucían desanimados, lentos y torpes para actuar y limitados para aprender nuevos comportamientos.

Hoy sabemos que en la política y en la guerra se usan estrategias para generar en los disidentes, opositores y / o enemigos, estrategias de este tipo para desmoralizarlos y evitar iniciativas resistentes a los abusos de poder.

Una de las cualidades distintivas del condicionamiento instrumental en humanos radica en que nosotros podemos concientizar las relaciones que establecemos entre nuestras conductas y sus consecuencias. Más aún, podemos verbalizarlas, planificarlas y hasta jugar imaginariamente con relaciones de conducta-consecuencia imposibles en la realidad (así es que muchas personas “vuelan” extendiendo sus brazos). Esta capacidad de pensar conscientemente las relaciones conducta-consecuencia se inscribe en el terreno de la formación de expectativas. Esperamos que ciertos actos lleven a determinados resultados, por ello, por ejemplo, nos esforzamos leyendo ante un examen o madrugamos cuando buscamos un trabajo. Aguardamos que tales comportamientos nos conduzcan a un resultado deseado. 

Ahora bien, ¿qué pasa con este proceso de formación de expectativas cuando una persona sufre de desesperanza aprendida? Ilustremos esto con casos reales.
¿Qué sucederá con los niños que reciben castigos arbitrarios de forma sistemática por parte de sus padres? Imaginemos por ejemplo un niño cuyo padre o madre padece un desorden bipolar no tratado adecuadamente y que, por consecuencia, se comporta de manera errática respecto de los límites que le impone. Así, independientemente de la conducta del chico, el padre se mostrará amable y comprensivo cuando se encuentre en un período de estabilidad, avalando incluso comportamientos inadecuados como juguetear con algún aparato eléctrico. No obstante, en un momento distinto puede actuar excesivamente rígido y castigador, llegando hasta la aplicación de punitivos físicos sin que el niño haya realizado ninguna conducta inadecuada. En este caso, claro está, los “premios y castigos” que el pequeño reciba serán independientes de sus actos. A lo largo de varios años de un tal “modus operandis”, ¿qué podrá aprender esta persona de la relación entre sus conductas y sus consecuencias? Pues, obviamente, que no se relacionan. He aquí la semilla de una depresión. Con los años, ello conducirá a un estilo explicativo pesimista, lo cual significa que se tenderá a interpretar y explicar los eventos importantes como fenómenos independientes de la propia conducta.

Para superar la Desesperanza aprendida, es necesario:
- Comprender que se trata de una percepción y no de una realidad.
- Asumir que todo pasa y que cada día es nuevo, y está lleno de posibilidades y potencialidades.
- Buscar formas creativas de abordar la situación valorada como amenaza.
- Apoyarse en personas que tengan otros recursos que usted no posea.
- Reevaluar o reconceptualizar la situación en busca de ángulos positivos.
- Aceptar, adaptarse y esperar un mejor momento para actuar, si considera que realmente nada puede cambiarse aquí y ahora.
- Centrarse en los recursos, dones y talentos, en vez de enfocarse en el problema o en sus posibles consecuencias negativas.
- Buscar en su experiencia conductas que le hayan servido para superar situaciones similares.
- Segmentar la acción. No se enrede. Defina una estrategia y dé un paso a la vez para salir del atolladero.

Lo más importante aquí, es que comprenda que la gran mayoría de las veces, salvo en casos extremos de catástrofes naturales o eventos críticos inesperados, lo que vemos como “problema” es en realidad una idea mental que se genera cuando evaluamos una situación en razón de nuestras posibilidades de resolverlo. No es algo que está allá “afuera”, y sobre lo cual no tenemos influencia alguna. Reflexione sobre esto, tome precauciones y viva lo mejor que le sea posible.